Clarice Lispector

1920 – 1977, Ucrania / Brasil

Trad. Sandra Santos

La pasión según G. H.

El gusto de lo vivo

Que es un gusto casi nulo. Y eso porque las cosas son muy delicadas. Ah, las tentativas de gustar la hostia.
La cosa es tan delicada que me asombro de que llegue a ser visible. Y hay cosas de tal manera más delicadas que no son visibles. Más todas tienen una delicadeza equivalente a lo que significa para nuestro cuerpo el tener rostro: la sensibilización del cuerpo que es un rostro humano. La cosa tiene una sensibilización de ella misma, como un rostro.
Ah, y yo que no sabía como consustanciar mi «alma». Ella no es inmaterial, está hecha de la materia más delicada. Es cosa, solo que no consigo consustanciarla hasta volverla visible.
Ah, amor mío, las cosas son muy delicadas. La gente las pisa con una pata demasiado humana, con demasiados sentimientos. Solo la delicadeza de la inocencia o solo la delicadeza de los iniciados siente su gusto casi nulo. Antes, yo necesitaba paliativo para todo, y así era como saltaba por encima de la cosa y sentía el gusto del paliativo.
Yo no podía sentir el sabor de la patata, pues la patata es casi la materia de la tierra; la patata es tan delicada que —por mi incapacidad de vivir en el plano de delicadeza del gusto apenas terroso de la patata— yo ponía mi pata humana sobre ella y quebraba su delicadeza de cosa viva. Porque la materia viva es muy inocente.
¿Y mi propia inocencia? Ella me duele. Porque también sé que, en el plano únicamente humano, la inocencia es tener la crueldad que la cucaracha tiene para consigo misma al estar lentamente muriendo sin dolor; superar el dolor es la peor crueldad. Y tengo miedo de eso, yo que soy extremadamente moral. Pero ahora sé que debo tener una valentía mucho mayor: la de tener otra moral, tan despojada que yo misma no la entienda y me asuste.
—Ah, me acordé de ti, que es lo más antiguo en mi memoria. Te vuelvo a ver uniendo los hilos eléctricos para reparar la toma de luz, fijándote en los polos positivo y negativo, y tratando las cosas con delicadeza.
Yo no sabía que aprendí tanto contigo. ¿Qué aprendí contigo? Aprendí a mirar a una persona trenzando hilos eléctricos. Aprendí a verte una vez reparar una silla rota. Tu energía física era tu energía más delicada.
—Eras la persona más antigua que jamás conocí. Eras la monotonía de mi amor eterno, y no lo sabía. Sentía por ti el tedio que siento en los días festivos. ¿Qué era? Era como el agua que brota de una fuente de piedra, y los años grabados en la lisura de la piedra, el musgo entreabierto por el hilo de agua que corre, y la nube en lo alto, y el hombre amado que rechaza, y el amor inmóvil, era día festivo, y el silencio en el vuelo de los mosquitos. Y el presente disponible. Y mi liberación lentamente entendida, la saciedad, la saciedad del cuerpo que no pide y que no necesita.
Yo no sabía ver que aquello era un amor delicado. Y me parecía el tedio. Era en verdad el tedio. Era una búsqueda de alguien para jugar, el deseo de ahondar el aire, de entrar en contacto más profundo con el aire, el aire que no existe para ser ahondado, que fue destinado a permanecer suspendido, de ese modo.
No sé, recuerdo que era día festivo. ¡Ah, cómo deseaba yo entonces el dolor!: me distraería de aquel gran vacío divino que sentía contigo. Yo, la diosa reposando; tú, en el Olimpo. ¿El gran bostezo de la felicidad? La distancia siguiendo a la distancia, y la otra distancia y otra más; la abundancia de espacio que tiene el día festivo. Aquel despliegue de tranquila energía, que yo no entendía. Aquel beso ya sin sed en la cabeza distraída del hombre amado reposando, el beso pensativo en el hombre ya amado. Era día festivo nacional. Las banderas izadas.
Pero la noche caía. Y yo no soportaba la transformación lenta de algo que lentamente se transforma en el mismo algo, apenas aumentado una gota idéntica más de tiempo. Recuerdo nuestras palabras:
—Tengo un poquito de dolor de estómago —dije respirando con algo de hastío—. ¿Qué haremos esta noche?
—Nada —respondiste tanto más sabio que yo—, nada, es día festivo —dijo el hombre que era delicado con las cosas y con el tiempo.
El tedio profundo —como un gran amor— nos unía. Y a la mañana siguiente, muy temprano, el mundo se me entregaba. Las alas de las cosas estaban abiertas, iba a hacer calor por la tarde, ya se sentía por el sudor fresco de aquellas cosas que habían pasado la noche tibia, como en un hospital donde los pacientes aún amanecen vivos.
Mas todo eso era demasiado fino para mi pata humana. Y yo, yo quería la belleza.
Mas ahora tengo una moral que prescinde de la belleza. Tendré que decir con nostalgia adiós a la belleza. La belleza era un cebo suave para mí, era el modo como yo, débil y respetuosa, adornaba la cosa para poder soportar el núcleo.
Pero ahora mi mundo es el de la cosa que antes habría llamado fea o monótona, y que ya no me resulta fea ni monótona. He pasado por la experiencia de roer la tierra y comer el suelo, y lo he vivido como una orgía, y he sentido con horror moral que la tierra roída por mí también sentía placer. Mi orgía, en verdad, procedía de mi puritanismo: el placer me ofendía, y de la ofensa yo hacía un placer más grande. No obstante, a este mi mundo de ahora, yo antes lo habría llamado violento.
Porque violenta es la ausencia de sabor del agua, violenta es la ausencia de color de un trozo de cristal. Una violencia que es tanto más violenta porque es neutra.
Mi mundo actual está crudo, es un mundo de una gran dificultad vital. Pues, más que un astro, yo quiero hoy la raíz gruesa y negra de los astros, quiero la fuente que siempre parece sucia, y está sucia, y que es siempre incomprensible.
Con dolor digo adiós incluso a la belleza de un niño pequeño, quiero al adulto que es más primitivo y feo y más seco y más difícil, y que se convirtió en un niño-semilla que no se rompe con los dientes.
Ah, y quiero ver si también puedo ya prescindir del caballo que bebe agua, lo que es tan bello. Tampoco quiero mi sensibilidad porque resulte hermosa; ¿y podré prescindir del cielo que se mueve en nubes? ¿Y de la flor? No quiero el amor bello. No quiero la media luz, no quiero el rostro bien formado, no quiero lo expresivo. Quiero lo inexpresivo. Quiero lo inhumano en la persona; no, no es peligroso, pues de cualquier modo la persona es humana, no es preciso luchar por eso: querer ser humano me parece demasiado bello.
Quiero la materia de las cosas. La humanidad está impregnada de humanización, como si fuese necesario; y esa falsa humanización estorba al hombre y a su humanidad. Existe algo que es más ancho, más sordo, más profundo, menos bueno, menos ruin, menos bello. Aunque también ese algo corra el peligro de llegar a transformarse, en nuestras manos groseras, en «pureza», nuestras manos, que son groseras y están llenas de palabras.

El desierto rojo de Michelangelo Antonioni

Tłum. Ada Trzeciakowska

Pasja według G. H.

Smak tego co żywe

Właściwie jest prawie żaden. A to dlatego, iż wszystko wokół jest niesamowicie delikatne. Ach, to jakbyśmy chcieli degustować hostię.
To jest tak delikatne, że aż dziw, że w ogóle jest widoczne. Są też rzeczy tak delikatne, że aż niewidoczne. Ale wszystkie mają delikatność odpowiadającą temu, czym dla naszego ciała jest posiadanie twarzy: pewne uwrażliwienie ciała w ludzkiej twarzy. To coś ma świadomość samego siebie, jak twarz.
Och, i nie wiedziałam, jak uspójnić moją «duszę». Nie jest niematerialna, jest zrobiona z najdelikatniejszej materii. Jest rzeczą, po prostu nie wiem, jak ją uobecnić, by stała się widzialna.  
Ach, kochanie, te rzeczy są bardzo delikatne. Ludzie depczą je swoją zbyt ludzką łapą, przepełnieni zbyt wieloma uczuciami. Tylko delikatność niewinności lub tylko delikatność wtajemniczonych wyczuwa jej niemal nieobecny smak. Wcześniej na wszystko potrzebowałam środka łagodzącego ból i dzięki niemu przeskakiwałam nad rzeczą czując jej smak.
Nie mogłam poczuć smaku ziemniaka, bo ziemniak jest niemalże materią ziemi; ziemniak jest tak delikatny, że – z powodu mojej niezdolności do życia na płaszczyźnie delikatności ledwie ziemistego smaku ziemniaka – kładłam na nim moją ludzką łapę i kruszyłam delikatność żywej istoty. Bo żywa materia jest niewinna.
A moja własna niewinność? Sprawia mi ból. Ponieważ wiem też, że na płaszczyźnie czysto ludzkiej niewinność oznacza okrucieństwo, które karaluch okazuje samemu sobie, gdy dogorywa powoli i bezboleśnie; przezwyciężanie bólu jest najgorszym okrucieństwem. I boję się tego, ja, która jestem skrajnie moralna. Lecz teraz wiem, że muszę mieć o wiele większą odwagę: mieć inną moralność, tak odartą, żebym sama jej nie rozumiała i odczuwała strach.
-Och, przypomniałam sobie ciebie, to najstarsza rzecz w mojej pamięci. Znów widzę, jak łączysz przewody elektryczne, by naprawić gniazdko, jak przyglądasz się biegunom dodatnim i ujemnym, jak traktujesz rzeczy z delikatnością.
Nie wiedziałam, że tyle się przy tobie nauczyłam. Czego się przy tobie nauczyłam? Nauczyłam się patrzeć, jak ktoś splata przewody elektryczne. Nauczyłam się patrzeć, jak naprawiasz zepsute krzesło. Twoja energia fizyczna była twoją najdelikatniejszą energią.
-Byłaś najdawniejszą osobą, jaką kiedykolwiek znałam. Byłeś monotonią mojej wiecznej miłości, a ja o tym nie wiedziałam. Czułam względem ciebie znużenie, jakie czuję w dni wolne. Co to było? Było jak woda tryskająca z kamiennej fontanny i lata wyryte w gładkości kamienia, mech na wpół rozchylony przez strużkę płynącej wody, i chmura nad głową, i ukochany mężczyzna, który odrzuca, i nieruchoma miłość, to był dzień świąteczny, i cisza w locie komarów. I dostępna teraźniejszość. I moje wyzwolenie powoli zrozumiane, sytość ciała, które nie prosi i nie potrzebuje.
Nie potrafiłam dostrzec, że to była miłość delikatna. Wydawała mi się czymś nużącym. To rzeczywiście była nuda. Było to poszukiwanie kogoś do zabawy, pragnienie pogłębienia powietrza, wejścia w głębszy kontakt z powietrzem, powietrzem, które nie istnieje, po to, by je pogłębiać, które miało pozostać zawieszone, tak jak teraz.
Nie wiem, pamiętam, że był dzień świąteczny, Ach, jak tęskniłam wtedy za bólem: odwróciłby  moją uwagę od tej wielkiej boskiej pustki, którą czułam przy tobie. Ja, bogini w stanie spoczynku; ty, na Olimpie. Wielkie ziewnięcie szczęścia? Odległość następująca po odległości, i inna odległość, i kolejna; obfitość przestrzeni, jaką mają dni świąteczne. Ten pokaz cichej energii, której nie rozumiałam. Ten pozbawiony już pragnienia pocałunek w roztargnioną głowę odpoczywającego ukochanego mężczyzny, zamyślony pocałunek, którym obdarzamy ukochanego już mężczyznę. To było święto narodowe. Powiewały flagi.
Lecz zapadała noc. A ja nie mogłam znieść powolnej przemiany czegoś, co powoli przekształca się w to samo, lecz powiększone o kolejną identyczną kroplę czasu. Pamiętam nasze słowa:
Trochę boli mnie brzuch – powiedziałam, oddychając lekko znużona. Co robimy dziś wieczorem?
-Nic – odpowiedziałeś, trochę mądrzejszy ode mnie-. Nic, przecież mamy wolne – powiedział człowiek, który był delikatny wobec rzeczy i czasu.
Głęboka nuda – jak wielka miłość – jednoczyła nas. A następnego ranka, bardzo wcześnie, świat dał mi siebie. Skrzydła rzeczy były otwarte, po południu miało być gorąco, już odczuwało się to po świeżym pocie rzeczy, które przeżyły noc w cieple, jak w szpitalu, gdzie pacjenci wciąż budzą się żywi.
Lecz to wszystko było zbyt piękne dla mojej ludzkiej łapy. A ja, ja chciałam piękna.
Lecz teraz moja moralność może obejść się bez piękna. Nostalgicznie będę musiała pożegnać się z pięknem. Piękno było dla mnie subtelną przynętą, było sposobem, w jaki ja, słaba i pełna szacunku, upiększałam rzeczy, by znieść ich trzon.
Lecz teraz mój świat jest światem rzeczy, którą wcześniej określiłabym mianem brzydkiej lub monotonnej, a która nie jest już dla mnie brzydka ani monotonna.
Zdarzyło mi się doświadczyć gryzienia ziemi i jedzenia gleby, i przeżyłam to niczym orgię, i poczułam z moralną zgrozą, że ziemia gryziona przeze mnie również odczuwała przyjemność. Moja orgia, tak naprawdę, wynikała z mojego purytanizmu: przyjemność mnie znieważała, a ze znieważenia czerpałam jeszcze większą rozkosz. Niemniej jednak, wcześniej, ten mój świat należący do teraz, nazwałbym brutalnym.
Ponieważ brutalna jest nieobecność smaku w wodzie, brutalna jest nieobecność koloru w odłamku szkła. Brutalność, która jest tym bardziej brutalna, gdy jest neutralna.
Mój obecny świat jest surowy, jest światem o wielkiej życiowej trudności. Bo bardziej niż gwiazdy pragnę dziś grubego, czarnego korzenia gwiazd, pragnę źródła, które zawsze wydaje się brudne, jest brudne i zawsze niezrozumiałe.
Z bólem żegnam się nawet z pięknem małego dziecka, chcę dorosłego, który jest bardziej prymitywny i brzydki, bardziej oschły i twardszy, i który stał się nasieniem-dzieckiem, którego nie zmiażdży się zębami.
Och, i chcę zobaczyć, czy mogę się obejść bez konia pijącego wodę, który jest taki piękny. Nie chcę też mojej wrażliwości, tylko dlatego, że jest piękna; i czy mogę się obejść bez nieba, które przesuwa się chmurami? A kwiat? Nie chcę pięknej miłości. Nie chcę półświatła, nie chcę kształtnej twarzy, nie chcę wyrazistości. Chcę tego, co niewyrażalne. Chcę tego, co nieludzkie w człowieku; nie, to nie jest niebezpieczne, bo w każdym wypadku człowiek jest ludzki, nie trzeba o to walczyć: chcieć być ludzkim wydaje mi się zbyt piękne.
Chcę materii rzeczy. Ludzkość jest przesiąknięta humanizacją, jakby to było konieczne; i ta fałszywa humanizacja przeszkadza człowiekowi i jego człowieczeństwu. Istnieje coś, co jest szersze, bardziej głuche, głębsze, mniej dobre, mniej podłe, mniej piękne. Choćby to coś narażone było na niebezpieczeństwo przemiany, w naszych ordynarnych rękach, w «czystość», w naszych rękach, które są ordynarne i pełne słów.

A paixão segundo G. H.

O gosto do vivo

Que é um gosto quase nulo. E isso porque as coisas são muito delicadas.
 Ah, as tentativas de experimentar a hóstia.  
A coisa é tão delicada que eu me espanto de que ela chegue a ser visível. E há coisas ainda tão mais delicadas que estas não são visíveis. Mas todas elas têm uma delicadeza equivalente ao que significa para o nosso corpo ter o rosto: a sensibilização do corpo que é um rosto humano. A coisa tem uma sensibilização dela própria como um rosto.  
Ah, e eu que não sabia como consubstanciar a minha “alma”. Ela não é imaterial, ela é do mais delicado material de coisa. Ela é coisa, só não consigo é consubstanciá-la em grossura visível.  
Ah, meu amor, as coisas são muito delicadas. A gente pisa nelas com uma pata humana demais, com sentimentos demais. Só a delicadeza da inocência ou só a delicadeza dos iniciados é que sente o seu gosto quase nulo. Eu antes precisava de tempero para tudo, e era assim que eu pulava por cima da coisa e sentia o gosto do tempero.  
Eu não podia sentir o gosto da batata, pois a batata é quase a matéria da terra; a batata é tão delicada que – por minha incapacidade de viver no plano de delicadeza do gosto apenas terroso da batata – eu punha minha pata humana em cima dela e quebrava a sua delicadeza de coisa viva. Porque o material vivo é muito inocente.  
E a minha própria inocência? Ela me dói. Porque também sei que, em plano somente humano, inocência é ter a crueldade que a barata tem consigo própria ao estar lentamente morrendo sem dor; ultrapassar a dor é a pior crueldade. E eu tenho medo disso, eu que sou extremamente moral. Mas agora sei que tenho de ter uma coragem muito maior: a de ter uma outra moral, tão isenta que eu mesma não a entenda e que me assuste.  
– Ah, lembrei-me de ti, que és o mais antigo na minha memória. Revejo-te unindo os fios elétricos para consertar a tomada de luz, cuidando do pólo positivo e negativo, e tratando as coisas com delicadeza.  
Eu não sabia que aprendi tanto contigo. Que aprendi contigo? Aprendi a olhar uma pessoa trançando fios elétricos. Aprendi a ver-te uma vez consertar uma cadeira quebrada. Tua energia física era a tua energia mais delicada.
– Tu eras a pessoa mais antiga que eu jamais conheci. Eras a monotonia de meu amor eterno, e eu não sabia. Eu tinha por ti o tédio que sinto nos feriados, O que era? era como a água escorrendo numa fonte de pedra, e os anos demarcados na lisura da pedra, o musgo entreaberto pelo fio d’água correndo, e a nuvem no alto, e o homem amado repousando, e o amor parado, era feriado, e o silêncio no voo dos mosquitos. E o presente disponível. E minha libertação lentamente entediada, a fartura, a fartura do corpo que não pede e não precisa.  
Eu não sabia ver que aquilo era amor delicado. E me parecia o tédio. Era na verdade o tédio. Era uma procura de alguém para brincar, o desejo de aprofundar o ar, de entrar em contato mais profundo com o ar, o ar que não é para ser aprofundado, que foi destinado a ficar assim mesmo suspenso.  
Não sei, lembro-me de que era feriado. Ah, como então eu queria a dor: ela me distrairia daquele grande vácuo divino que eu tinha contigo. Eu, a deusa repousando; tu, no Olimpo, O grande bocejo da felicidade? A distância se seguindo à distância, e à outra distância e mais outra – a fartura de espaço que o feriado tem. Aquele desenrolar-se de calma energia, que eu nem entendia. Aquele beijo já sem sede na testa distraída do homem amado repousando, o beijo pensativo no homem já amado. Era feriado nacional. As bandeiras hasteadas.  
Mas a noite caindo. E eu não suportava a transformação lenta de algo que lentamente se transforma no mesmo algo, apenas acrescentado de mais uma gota idêntica de tempo. Lembro-me que eu te disse: – Estou com um pouquinho de enjoo de estômago – disse eu respirando com alguma saciedade. – Que faremos hoje de noite? – Nada – respondeste tão mais sábio que eu -, nada, é feriado – disse o homem que era delicado com as coisas e com o tempo.  
O tédio profundo – como um grande amor – nos unia. E na manhã seguinte, de manhã bem cedo, o mundo se me dava. As asas das coisas estavam abertas, ia fazer calor de tarde, já se sentia pelo suor fresco daquelas coisas que haviam passado a noite morna, como num hospital em que os doentes ainda amanhecem vivos.  
Mas tudo isso era fino demais para a minha pata humana. E eu, eu queria a beleza. Mas agora tenho uma moral que prescinde da beleza.  
Terei que dar com saudade adeus à beleza. Beleza me era um engodo suave, era o modo como eu, fraca e respeitosa, enfeitava a coisa para poder tolerar-lhe o núcleo.
 Mas agora meu mundo é o da coisa que eu antes chamaria de feia ou monótona – e que já não me é feia nem monótona. Passei pelo roer a terra e pelo comer o chão, e passei por ter orgia nisso, e por sentir com horror moral que a terra roída por mim também sentia prazer. Minha orgia na verdade vinha de meu puritanismo: o prazer me ofendia, e da ofensa eu fazia prazer maior. No entanto este meu mundo de agora, eu antes o teria chamado de violento.  
Porque é violenta a ausência de gosto da água, é violenta a ausência de cor de um pedaço de vidro. Uma violência que é tão mais violenta porque é neutra.  
Meu mundo hoje está cru, é um mundo de uma grande dificuldade vital.  
Pois, mais do que a um astro, eu hoje quero a raiz grossa e preta dos astros, quero a fonte que sempre parece suja, e é suja, e que é sempre incompreensível.  
É com dor que dou adeus mesmo à beleza de uma criança – quero o adulto que é mais primitivo e feio e mais seco e mais difícil, e que se tornou uma criançasemente que não se quebra com os dentes.  
Ah, e quero ver se também já posso prescindir de cavalo bebendo água, o que é tão bonito. Também não quero a minha sensibilidade porque ela faz bonito; e poderei prescindir do céu se movendo em nuvens? e da flor? não quero o amor bonito. Não quero a meia-luz, não quero a cara bem-feita, não quero o expressivo.  
Quero o inexpressivo. Quero o inumano dentro da pessoa; não, não é perigoso, pois de qualquer modo a pessoa é humana, não é preciso lutar por isso: querer ser humano me soa bonito demais.  
Quero o material das coisas. A humanidade está ensopada de humanização, como se fosse preciso; e essa falsa humanização impede o homem e impede a sua humanidade. Existe uma coisa que é mais ampla, mais surda, mais funda, menos boa, menos ruim, menos bonita. Embora também essa coisa corra o perigo de, em nossas mãos grossas, vir a se transformar em “pureza”, nossas mãos que são grossas e cheias de palavras. Nossas mãos que são grossas e cheias de palavras.  

Olesya Mamchych/ Олеся Мамчич

1981 -, Ucrania (Kiev)

Trad. Ada Trzeciakowska

***

bosque
donde a los árboles les han talado las copas a hachazos
bosque
donde a la hierba le han cortado las puntas a hachazos
bosque
donde la gente camina sin cabeza
animales sin cabeza
insectos sin cabeza

bosque
donde al sol le han serrado la mitad
al cielo le han arrancado la mitad

bosque
donde la mitad del aire
se halla en el cáliz del espacio
y no hay nada más

aquí es donde vivimos

Obra de Paco Pomet

Trad. Aneta Kamińska

***

las
w którym drzewom odrąbano wierzchołki
las
w którym trawom odrąbano wierzchołki
las
w którym ludzie chodzą bez głów
zwierzęta bez głów
owady bez głów

las
w którym słońcu odpiłowano połowę
niebu oderwano połowę

las
gdzie połowa powietrza
jest w kielichu przestrzeni
a więcej nie ma

tu właśnie mieszkamy

Clarice Lispector

1920 – 1977, Ucrania / Brasil

Trad. Elena Losada

Agua viva

Lo extraño se apodera de mí; entonces abro el paraguas negro y me alborozo en una fiesta de baile en la que brillan estrellas. El nervio rabioso dentro de mí que me retuerce. Hasta que la alta noche viene a encontrarme exangüe. La alta noche es grande y me come. El vendaval me llama. Lo sigo y me despedazo. Si no entro en el juego que se desdobla en vida perderé la propia vida en un suicidio de mi especie. Protejo con el fuego mi juego de vida. Cuando mi existencia y la del mundo ya no son sostenibles por la razón, entonces me suelto y sigo a una verdad latente. ¿Acaso reconocería la verdad si ésta se comprobase?
Me estoy haciendo. Me hago hasta llegar al hueso.

(…)
Los cristales tintinean y brillan. El trigo está maduro; el pan está repartido. ¿Pero repartido con dulzura? Es importante saberlo. No pienso, como el diamante no piensa. Brillo nítida. No tengo hambre ni sed; soy. Tengo dos ojos que están abiertos. Hacia la nada. Hacia el techo.
Voy a hacer un adagio. Lee lentamente y en paz. Es un amplio fresco.
Nacer es así:
Los girasoles viran lentamente sus corolas hacia el sol. El pan se come con dulzura. Mi impulso me liga al de las raíces de los árboles.

***

(…)
Estoy cansada. Mi cansancio viene de que soy una persona extremadamente ocupada, me ocupo del mundo. Todos los días observo desde la terraza el trozo de playa con mar y veo la espesa espuma más blanca y que durante la noche las aguas han avanzado inquietas. Veo esto por la marca que las olas dejan en la arena. Observo los almendros de la calle donde vivo. Antes de dormir me ocupo del mundo y observo si el cielo de la noche está estrellado y azul marino porque algunas noches en vez de negro el cielo parece azul marino, un color que he pintado en un vitral. Me gustan las intensidades. Me ocupo del niño que tiene nueve años y que está cubierto de harapos y delgadísimo. Tendrá tuberculosis, si es que no la tiene ya. Y en el Jardín Botánico me quedo agotada. Tengo que ocuparme de la mirada de millares de plantas y árboles y sobre todo de la victoria regia. Ella está allí y yo la miro.
Fíjate que no menciono mis impresiones emotivas; lúcidamente hablo de algunas de las miles de cosas y personas de las que me ocupo. Tampoco se trata de un empleo porque no gano dinero por eso. Sólo aprendo cómo es el mundo.
¿Qué si me da mucho trabajo ocuparme del mundo? Sí. Por ejemplo, me obliga a recordar el rostro inexpresivo y por eso atemorizador de la mujer que vi en la calle. Con los ojos me ocupo de la miseria de los que viven ladera arriba.
Me preguntarás por qué me ocupo del mundo. Es que nací con ese encargo.
De niña me ocupé de una hilera de hormigas; van en fila india cargando un mínimo de hoja. Lo que no impide que cada una se comunique con la que viene en dirección opuesta. Las hormigas y las abejas ya no son it. Son ellas.
He leído el libro sobre las abejas y desde entonces me ocupo sobre todo de la reina madre.

(…)
Pero cuando viene el invierno yo doy y doy y doy. Regalo mucho. Acojo camadas de personas en mi pecho tibio. Y se oye el ruido de quien toma sopa caliente. Vivo ahora días de lluvia; ya se acerca mi tiempo de dar.
¿No ves que esto es como el nacimiento de un hijo? Duele. El dolor es la vida exacerbada. El proceso duele. Llegar a ser es un lento y lento dolor bueno. Es el amplio bostezo que nos hace estirarnos al límite. Y la sangre lo agradece. Respiro, respiro. El aire es it. El aire con viento ya es un él o un ella. Si tuviese que esforzarme para escribirte me sentiría muy triste. A veces no aguanto la fuerza de la inspiración. Entonces pinto contenida. Es tan bueno que las cosas no dependan de mí.
He hablado mucho de la muerte. Pero voy a hablarte ahora del soplo de vida. Cuando uno ya no respira se le hace la respiración boca a boca; se pega la boca a la boca del otro y se respira. Y el otro empieza a respirar otra vez. Este intercambio de respiración es una de las cosas más bellas que he oído contar de la vida. En realidad la belleza de este boca a boca me está deslumbrando.

1 Alejandra Pizarnik; 2 Clarice Lispector; 3 Maya Deren en The Ritual in Transfigured Time

Tłum. Ada Trzeciakowska

strumień wody

Ogarnia mnie coś dziwnego; otwieram zatem czarny parasol i cieszę się balem, na którym świecą gwiazdy. Wściekły nerw we mnie kręci mną. Aż głęboka noc odnajdzie mnie bez sił. Wielka jest głęboka noc i pożera mnie. Wichura mnie wzywa. Podążam za nią i rozpadam się na kawałki. Jeśli nie wejdę do gry, która toczy się w życiu, stracę własne życie przez samobójstwo mojego gatunku. Ogniem chronię grę mojego życia. Kiedy rozum nie może dłużej już znieść mojej egzystencji i istnienia świata, wyrywam się i podążam za ukrytą prawdą. Czy rozpoznałbym prawdę, gdyby została udowodniona?
Robię siebie. Robię siebie aż dochodzę do kości.

(…)
Kryształy brzęczą i błyszczą. Pszenica już dojrzała; chleb został podzielony. Ale podzielony z czułością? To trzeba wiedzieć. Nie myślę, tak jak diament nie myśli. Błyszczę jasna. Nie czuję głodu ani pragnienia; jestem. Mam dwoje otwartych oczu. Na nicość. Na sufit.
Stworzę adagio. Czytaj powoli i spokojnie. To rozległy fresk.
Narodziny wyglądają tak:
Słoneczniki powoli kierują swoje korony w kierunku słońca. Chleb jest spożywany z czułością. Mój impuls wiąże mnie z korzeniami drzew.

***

(…)
Jestem zmęczona. Moje zmęczenie bierze się z tego, że jestem niezwykle zajętą osobą, dbam o świat. Codziennie obserwuję z tarasu kawałek plaży z morzem i widzę najbielszą, gęstą pianę i, że w nocy wody niespokojnie się podniosły. Rozpoznaję to po śladzie, zostawionym przez fale na piasku. Obserwuję migdałowce na ulicy, na której mieszkam. Przed snem opiekuję się światem i patrzę, czy nocne niebo jest rozgwieżdżone i granatowe, bo w niektóre noce niebo, zamiast czarne, wydaje się granatowe, jak kolor, który namalowałam na witrażu. Lubię intensywność. Opiekuję się bardzo chudym dziewięcioletnim chłopcem w łachmanach. Dostanie zapewne gruźlicy, jeśli jeszcze jej nie ma. A w Ogrodzie Botanicznym czuję się wyczerpana. Muszę zadbać o spojrzenie tysięcy roślin i drzew, a przede wszystkim o wiktorię królewską. Jest tam i patrzę na nią.
Zauważ, że nie wspominam o moich wrażeniach emocjonalnych; mówię jasno o niektórych z tysięcy rzeczy i ludzi, z którymi mam do czynienia. Nie chodzi mi też o pracę, bo nie zarabiam w ten sposób pieniędzy. Po prostu uczę się, jaki jest świat.
Czy przysparza mi dużo pracy zajmowanie się światem? Tak, na przykład zmusza mnie do przypomnienia sobie pozbawionej wyrazu, a przez to przerażającej twarzy kobiety, którą widziałem na ulicy. Oczami zajmuję się nędzą tych, którzy mieszkają na zboczu powyżej.
Zapytasz mnie, dlaczego dbam o świat. Po prostu urodziłam się z tym obowiązkiem.
Jako dziecko zajmowałem się łańcuchem mrówek; idą w szeregu niosąc co najmniej po liściu. Co nie przeszkadza każdej z nich komunikować się z tą, która idzie w kierunku przeciwnym. Mrówki i pszczoły już nie są it. To są «one».
Przeczytałam książkę o pszczołach i od tego czasu zajmuję się głównie królową matką. 

(…)
Ale kiedy nadchodzi zima, daję i daję i daję. Rozdaję wiele. Przyjmuję całe mioty ludzi do mojej ciepłej piersi. I słychać mlaskanie jedzącego gorącą zupę. Przeżywam teraz deszczowe dni; czas dawania jest bliski.
Nie widzisz, że to jest jak narodziny dziecka? Boli. Ból to wyostrzone życie. Proces boli. Stawanie się jest powolne i jest powolnym dobrym bólem. Jest szerokim ziewnięciem sprawiającym, że rozciągamy się do granic możliwości. A krew to docenia. Oddycham, oddycham. Powietrze to jest it. Powietrze w czasie wiatru już jest «nim» lub «nią». Gdybym musiała wysilać się, by napisać do Ciebie, czułabym się bardzo smutna. Czasami nie mogę znieść siły inspiracji. Więc maluję powściągliwie. To tak dobrze, że sprawy nie zależą ode mnie.
Dużo mówiłam o śmierci. Ale teraz opowiem ci o tchnieniu życia. Kiedy człowiek już nie oddycha, przystępuje się do resuscytacji usta-usta; przykłada się usta do ust drugiej osoby i oddycha. A ta osoba zaczyna znów oddychać. Ta wymiana oddechów jest jedną z najpiękniejszych rzeczy, jakie kiedykolwiek słyszałam o życiu. W rzeczywistości piękno tego usta-usta jest olśniewające.

Água Viva

O estranho me toma: então abro o negro guarda-chuva e alvoroço-me em uma festa de baile onde brilham estrelas. O nervo raivoso dentro de mim e que me contorce. Até que a noite alta vem me encontrar exangue. Noite alta é grande e me come. A  ventania me chama. Sigo-a e me estraçalho. Se eu não entrar no jogo que se desdobra em vida perderei a própria vida em um suicídio da minha espécie. Protejo com o fogo meu jogo de vida. Quando a existência de mim e do mundo ficam insustentáveis pela razão – então me solto e sigo uma verdade latente. Será que eu reconheceria a verdade se esta se comprovasse?
Estou me fazendo. Eu me faço até chegar ao caroço.

(…)
Os cristais tilintam e faíscam. O trigo está maduro: o pão é repartido. Mas repartido com doçura? É importante saber. Não. penso assim como o diamante não pensa. Brilho toda límpida. Não tenho fome nem sede: sou. Tenho dois olhos que estão
abertos. Para o nada. Para o teto.
Vou fazer um adaggio. Leia devagar e com paz. É um largo afresco. Nascer é assim:
Os girassóis lentamente viram suas corolas para o sol. O trigo está maduro. O pão é com doçura que se come. Meu impulso se liga ao das raízes das árvores.

***

(…)
Estou cansada. Meu cansaço vem muito porque sou uma pessoa extremamente ocupada: tomo conta do mundo. Todos os dias olho pelo terraço para o pedaço de praia com mar e vejo as espessas espumas mais brancas e que durante a noite as águas avançaram inquietas. Vejo isto pela marca que as ondas deixam na areia. Olho as amendoeiras da rua onde moro. Antes de dormir tomo conta do mundo e vejo se o céu da noite está estrelado e azul-marinho porque em certas noites em vez de negro o céu parece azul-marinho intenso, cor que já pintei em vitral. Gosto de intensidades. Tomo conta do menino que tem nove anos de idade e que está vestido de trapos e magérrimo. Terá tuberculose, se é que já não a tem. No Jardim Botânico, então, fico exaurida. Tenho que tomar conta com o olhar de milhares de plantas e árvores e sobretudo da vitória-régia. Ela está lá. E eu a olho.   
Repare que não menciono minhas impressões emotivas: lucidamente falo de algumas das milhares de coisas e pessoas dais quais tomo conta. Também não se trata de emprego pois dinheiro não ganho por isto. Fico apenas sabendo como é o mundo.
Se tomar conta do mundo dá muito trabalho? Sim. Po exemplo: obriga-me a me lembrar do rosto inexpressivo e por isso assustador da mulher que vi na rua. Com os olhos tomo conta da miséria dos que vivem encosta acima.
Você há de me perguntar por que tomo conta do mundo. É que nasci incumbida.  Tomei em criança conta de uma fileira de formigas: elas andam em fila indiana carregando um mínimo de folha. O que não impede que cada uma comunique alguma coisa à que vier em direção oposta. Formiga e abelha já não são it. São elas.
Li o livro sobre as abelhas e desde então tomo conta sobretudo da rainha-mãe.

(…)
Mas quando vem o inverno eu dou e dou e dou. Agasalho muito. Aconchego ninhadas de pessoas no meu peito morno. E ouve-se barulho de quem toma sopa quente. Estou vivendo agora dias de chuva: já se aproxima eu dar.
Não vê que isto aqui é como filho nascendo? Dói. Dor é vida exacerbada. O processo dói. Vir-a-ser é uma lenta e lenta dor boa. É o espreguiçamento amplo até onde a pessoa pode se esticar. E o sangue agradece. Respiro, respiro. O ar é it. Ar com vento já é um ele ou ela. Se eu tivesse que me esforçar para te escrever ia ficar tão triste. Às vezes não agüento a força da inspiração. Então pinto abafado. É tão bom que as coisas não dependam de mim.
Tenho falado muito em morte. Mas vou te falar no sopro de vida. Quando a pessoa já está sem respiração faz-se a respiração bucal: cola-se a boca na boca do outro e se respira. E a outra recomeça a respirar. Essa troca de aspirações é uma das coisas mais belas que já ouvi dizerem da vida. Na verdade a beleza deste boca a boca está me ofuscando.

Transl. Stefan Tobler

Água Viva (The Stream of Life)

The strangeness takes me: so I open the black umbrella and throw myself into a feast of dancing where stars sparkle. The furious nerve inside me and that contorts. Until the early hours come and find me bloodless. The early hours are great and eat me. The gale calls me. I follow it and tear myself to pieces. If I don’t enter the game that unfolds in life I shall lose my own life in a suicide of my species. I protect with fire the game of my life. When the existence of me and of the world can no longer be borne by reason— then I loose myself and follow a latent truth. Would I recognise the truth if it were proven?
I am making myself. I make myself until I reach the pit.

(…)
The crystals clink and sparkle. The wheat is ripe: the bread is shared out. But with sweetness? It’s important to know. I don’t think just as the diamond doesn’t think. I shine wholly limpid. I have neither hunger nor thirst: I am. I have two eyes that are open. Toward the nothing. Toward the ceiling.
I’m going to make an adagio. Read slowly and with peace. It’s a wide fresco.
Being born is like this:
The sunflowers slowly turn their corollas toward the sun. The wheat is ripe. The bread is eaten with sweetness. My impulse connects to that of the roots of the trees.


***

(…)
I’m tired. My tiredness comes often because I’m an extremely busy person: I look after the world. Every day I look from my terrace at a section of beach and sea and see the thick foam is whiter and that during the night the waters crept forward uneasy. I see this by the mark which the waves leave upon the sand. I look at the almond trees on the street where I live. Before going to sleep I look after the world and see if the night sky is starry and navy blue because on certain nights instead of being black the sky seems to be an intense navy blue, a color I’ve painted in stained glass. I like intensities. I look after the boy who is nine years old and dressed in rags and all skin and bones. He will get tuberculosis, if he doesn’t already have it. In the Botanical Gardens, then, I get worn out. With my glance I must look after thousands of plants and trees and especially the giant water lily. It’s there. And I look at her.
Note that I don’t mention my emotional impressions: I lucidly speak about some of the thousands of things and people I look after. Nor is it a job because I don’t earn any money from it. I just get to know what the world is like.
Is it a lot of work to look after the world? Yes. For example: it forces me to remember the inexpressive and therefore frightening face of the woman I saw on the street. With my eyes I look after the misery of the people who live on the hillsides.
You will no doubt ask me why I look after the world. It’s because I was born charged with the task.
As a child I looked after a line of ants: they walk single file carrying a tiny piece of leaf. That doesn’t keep each one from communicating something to the ones coming the other way. Ant and bee are not it. They are they.
I read the book about the bees and ever since have looked after the queen bee most of all.

(…)
I’ve spoken a lot about death. But I’m going to speak to you about the breath of life. When a person is already no longer breathing you give mouth-to-mouth resuscitation: you place your mouth upon the other person’s and breathe. And the other starts to breathe again. This exchange of breaths is one of the most beautiful things that I’ve ever heard about life. In fact the beauty of this mouth-to-mouth is dazzling me.

Clarice Lispector

1920 – 1977, Ucrania / Brasil

Trad. Elena Losada

La manzana en la oscuridad

Oh, Dios, qué cansado e inseguro estaba aquel hombre, aquel hombre no sabía muy bien qué era la esperanza. Aunque intentó racionalizarla, oh, claro que lo intentó. Pero en vez de pensar en lo que se había propuesto pensar, pensó como una mujer ocupada: «Explicar nunca ha llevado a nadie a ningún sitio, y entender es una futilidad», dijo como una mujer ocupada en dar de mamar a su hijo.
¡Pero no! ¡No!, él tenía que pensar, ¡no podía embarcarse así, sin más ni menos! Entonces, perdiendo pie, argumentó y se justificó: «No tener esperanza era la cosa más estúpida que podía sucederle a un hombre». Sería el fracaso vital de un hombre. Como no amar era pecado de frivolidad, no tener esperanza era una superficialidad. No amar era el error de la naturaleza. ¿Y la perversión que había en no tener esperanza?, bueno, eso lo entendió con el cuerpo. Además —¡en nombre de los otros!— es pecado no tener esperanza. No había derecho a no tenerla. No tener esperanza es un lujo. Oh, Martim sabía que su esperanza escandalizaría a los optimistas. Sabía que los optimistas lo fusilarían si lo oyesen. Porque la esperanza asusta. Hay que ser hombre para tener el valor de ser fulminado por la esperanza.
Y entonces Martim se asustó.
—¿Eres consciente, hijo mío, de lo que estás haciendo?
—Sí, padre.
—¿Eres consciente de que, con la esperanza, nunca más tendrás reposo, hijo mío?
—Sí, padre.
—¿Eres consciente de que, con la esperanza, perderás todas las otras armas, hijo mío?
—Sí, padre.
—¿Y que sin cinismo estarás desnudo?
—Sí, padre.
—¿Sabes que la esperanza es también aceptar no creer, hijo mío?
—Sí, padre.
—¿Eres consciente de que creer es tan pesado de soportar como la maldición de una madre?
—Sí, padre.
—¿Sabes que nuestros semejantes son una porquería?
—Lo sé, padre.
—¿Y sabes que tú también eres una porquería?
—Lo sé, padre.
—Pero ¿sabes que no me refiero a la bajeza que tanto nos atrae y que admiramos y deseamos, sino al hecho de que nuestros semejantes, además, son muy pesados?
—Lo sé, padre.
—¿Sabes que la esperanza consiste a veces solo en una pregunta sin respuesta?
—Lo sé, padre.
—¿Sabes que en el fondo todo eso no es más que amor, gran amor?
—Lo sé, padre.
—Pero ¿sabes que uno puede quedarse encallado en una palabra y perder años de vida? ¿Y que la esperanza se puede convertir en palabra, dogma y atasco y desvergüenza? ¿Estás preparado para saber que, vistas de cerca, las cosas no tienen forma, y que, vistas de lejos, las cosas no se ven? ¿Y que para cada cosa solo hay un momento? ¿Y que no es fácil vivir solo del recuerdo de un instante?
(…)
—Hijo mío. ¿Eres consciente de que de ahora en adelante, vayas a donde vayas, serás perseguido por la esperanza?
—Sí, padre.
—¿Estás dispuesto a aceptar el duro peso de la alegría?
—Sí, padre.
—Pero, ¡hijo mío!, ¿sabes que es casi imposible?
—Lo sé, padre.
—¿Sabes al menos que la esperanza es el gran absurdo, hijo mío?
—Lo sé, padre.
—¡¡¿Sabes que hay que ser adulto para tener esperanza?!!
—¡Lo sé, lo sé, lo sé!
—Entonces vete, hijo mío. Te ordeno que sufras la esperanza.
Pero ya con la primera nostalgia, la última como antes de nunca más, Martim gritó pidiendo amparo:
—¿Qué luz es esa, papá? —gritó solitario en la esperanza, andando a cuatro patas para hacer reír a su padre, haciendo una pregunta muy antigua y tonta con tal de que aplazase el momento de asumir el mundo—. ¿Qué luz es esa, papá? —preguntó como un bebé, con el corazón latiendo de soledad.
El padre vaciló, severo y triste en su tumba.
—Es la del fin del día —dijo solo por piedad.
Así era.
Era casi de noche, y la belleza pesaba en el pecho. Martim la disimuló como pudo, silbó vagamente sin sonido, mirando al techo.
Desde donde, lentamente y con cautela, bajó los ojos hacia los demás, y miró al prójimo, uno por uno. «¿Quiénes sois?» Eran caras con narices. ¿Debería invertir toda su pequeña fortuna en un gesto de confianza? Sin embargo era una vida que no se repite, la de él, la que les entregaría. «¿Quiénes sois?». Era difícil darles algo. Amar era un sacrificio. E incluso, e incluso, estaba la discontinuidad: apenas había empezado y ya estaba la discontinuidad. ¿Sería preciso aceptar también esto?, la discontinuidad con que los miró y… ¿quiénes eran esos hombres? «¿Quiénes sois? ¿Qué cosa turbia sois, como si yo absurdamente ya hubiese visto tiempos mejores y conocido otra raza de gente y no pudiese aceptaros sino solo amaros? ¿En verdad sois? ¿Y hasta qué punto? Y… y ¿podré amar esa cosa que sois?».
Él los miró, cansado, incrédulo. Los desconocía. Una persona es esporádica: él ya los desconocía. Humilde, quiso obligarse a aceptar también esto: desconocerlos.
Pero no lo soportó, él no lo soportó. «¡Cómo puedo continuar mintiendo! ¡Yo no creo!, ¡yo no creo!». Y mirando a los cuatro hombres y a la mujer, solo quiso plantas, las plantas, el silencio de las plantas. Pero con la atención ligeramente despierta, repitió lentamente: «no creo». Calmadamente deslumbrado: «no creo… Deslumbrado, sí. Porque, aleluya, aleluya, tengo otra vez hambre. Tanta hambre que necesito ser más de uno, necesito ser dos, ¿dos? ¡No! Tres, cinco, treinta, millones; uno es difícil de soportar, necesito millones de hombres y mujeres, y la tragedia del aleluya». «No creo»: la gran coherencia había renacido. Su extrema penuria lo llevó a un vértigo de éxtasis. «No creo», dijo con hambre, buscando en la cara de los hombres aquello que un hombre busca. «Tengo hambre», repitió desamparado. ¿Debería agradecer a Dios su hambre?, porque la necesidad lo sustentaba.
Mareado, sin saber a quién dirigirse, los examinó uno por uno. Y él… él simplemente no creía. «Eppur, si muove», dijo con una tozudez de burro.
—Vamos —dijo entonces acercándose inseguro a los cuatro hombres pequeños y confusos—. Vamos —dijo. Porque ellos tenían que saber lo que hacían. Ellos seguramente sabían lo que hacían. En nombre de Dios, os ordeno que estéis seguros. Porque toda una carga valiosa y podrida estaba en sus manos, una carga para tirar al mar, y muy pesada también, y la cosa no era simple: porque esa carga de culpa tenía que ser lanzada con misericordia también. Porque después de todo no somos tan culpables, somos más estúpidos que culpables. Con misericordia también, pues. En nombre de Dios, espero que sepan lo que están haciendo. Porque yo, hijo mío, yo solo tengo hambre. Y esa manera insegura de coger en la oscuridad una manzana, sin que se caiga.

Paul Cupido

Tłum. Ada Trzeciakowska

Jabłko w ciemności

O Boże, jak bardzo zmęczony i niepewny był ten człowiek, ten człowiek tak naprawdę nie wiedział, czym jest nadzieja. Chociaż próbował ją zracjonalizować, och, oczywiście, że próbował. Ale zamiast myśleć o tym, co zamierzał pomyśleć, myślał jak zapracowana kobieta: „Wyjaśnianie nigdy nikogo do niczego nie doprowadziło, a zrozumienie jest nieistotne”, powiedział niczym kobieta zajęta karmieniem piersią dziecka.
Ależ nie! Nie! Musiał pomyśleć, nie mógł tak wejść w to, ot tak, po prostu! Potem, gubiąc wątek, argumentował i usprawiedliwiał się: „Brak nadziei to najgłupsza rzecz, jaka mogła się przytrafić człowiekowi”. Byłaby to życiowa porażka. Tak jak niekochanie było grzechem frywolności, brak nadziei był czymś powierzchownym. Niekochanie było błędem natury. A perwersja kryjąca się w braku nadziei? Cóż, rozumiał to całym swoim ciałem. Poza tym – w imieniu innych! – grzechem jest brak nadziei. Nie ma prawa by jej nie mieć. Brak nadziei to luksus. Och, Martim wiedział, że jego nadzieja zszokuje optymistów. Wiedział, że optymiści rozstrzelaliby go, gdyby go tylko słyszeli. Ponieważ nadzieja przeraża. Trzeba być mężczyzną, aby mieć wystarczającą odwagę, by dać się ponieść nadziei.
I wtedy Martim się przeraził.
– Czy wiesz, mój synu, co robisz?
-Tak, ojcze.
– Czy zdajesz sobie sprawę, że mając nadzieję nigdy już nie zaznasz spokoju, synu?
-Tak, ojcze.
– Czy zdajesz sobie sprawę, że mając nadzieję wytrącasz sobie z ręki każdą inną broń, mój synu?
-Tak, ojcze.
– I że bez cynizmu zostaniesz nagi?
-Tak, ojcze.
– Czy wiesz, że nadzieja to także akceptacja niewiary, mój synu?
-Tak, ojcze.
– Czy zdajesz sobie sprawę, że wiara jest tak ciężka do zniesienia, jak przekleństwo matki?
-Tak, ojcze.
– Czy wiesz, że nam podobni to dranie?
– Wiem, ojcze.
– A czy wiesz, że też jesteś draniem?
– Wiem, ojcze.
– Ale czy wiesz, że nie mówię o nikczemności, która tak bardzo nas pociąga, którą podziwiamy i pożądamy, ale o tym, że nasi bliźni są również bardzo męczący?
– Wiem, ojcze.
– Czy wiesz, że nadzieja czasami polega tylko na pytaniu bez odpowiedzi?
– Wiem, ojcze.
– Czy wiesz, że w istocie to wszystko nie jest niczym innym niż miłością, ogromną miłością?
– Wiem, ojcze.
– Ale czy wiesz, że człowiek może utknąć w jednym słowie i stracić na nim pół życia? I nadzieja może przekształcić się w słowo, dogmat, przeszkodę i bezwstydność? Czy jesteś gotów by zaakceptować fakt, że rzeczy widziane z bliska nie posiadają kształtu, a widziane z daleka pozostają niewidoczne? I że na każdą rzecz przypada tylko jeden moment? I że nie jest łatwo żyć tylko wspomnieniem chwili?
(…)
– Mój synu. Czy zdajesz sobie sprawę, że od teraz, gdziekolwiek pójdziesz, nadzieja pójdzie za tobą?
-Tak, ojcze.
– Czy jesteś gotów przyjąć ogromny ciężar radości?
– Tak, ojcze.
– Ale synu! Czy wiesz, że to prawie niemożliwe?
– Wiem, ojcze.
– Ale wiesz przynajmniej, że nadzieja jest ogromnym absurdem, mój synu?
– Wiem, ojcze.
– Czy wiesz, że aby mieć nadzieję, musisz być dorosły?!
-Wiem, wiem, wiem!
– Więc odejdź, mój synu. Rozkazuję ci cierpieć nadzieję.
Ale już z pierwszym przypływem nostalgii, ostatniej jak nigdy wcześniej, Martim zakrzyknął błagając o wsparcie:
– Co to za światło, tato? – krzyczał osamotniony w nadziei, chodząc na czworakach, aby rozśmieszyć ojca, zadając bardzo stare i głupie pytanie, aby tylko odsunąć od siebie moment przyjęcia odpowiedzialności za siebie i świat. Co to za światło, tato? Zapytał jak dziecko, a jego serce waliło z osamotnienia.
Ojciec zawahał się, poważny i i smutny w swoim grobie.
– To koniec dnia – powiedział z litości.
Tak było.
Była już prawie noc i piękno zalegało mu ciężarem na piersi. Martim ukrywał to najlepiej jak potrafił, zagwizdał lekko bezdźwięcznie, wpatrując się w sufit.
Skąd, powoli i ostrożnie, spuścił oczy na innych i po kolei spoglądał na bliskich. «Kim jesteście?» Były to twarze z nosami. Czy powinienem złożyć całą moją małą fortunę w geście zaufania? Mimo wszystko to życie, które się już nie powtórzy, jego życie, było tym co musiałby im oddać. «Kim jesteście?». Trudno było im coś dać. Miłość była poświęceniem. A nawet wtedy, nawet wtedy, istniał pewien brak ciągłości: ledwie się zaczęło, a już ten brak ciągłości… Czy należałoby to też zaakceptować? Brak ciągłości, z jakim patrzył na nich i… kim byli ci ludzie? «Kim jesteście? Jaką to mroczną i mętną rzeczą jesteście, jakbym ja absurdalnie widział już wcześniej lepsze czasy i spotkał inną rasę ludzi i nie mógł was zaakceptować, lecz tylko was pokochać? Istniejecie naprawdę? W jakim stopniu? I … i czy będę mógł pokochać to, czym jesteście?».
Spojrzał na nich zmęczony, z niedowierzaniem. Nie znał ich. Człowiek bywa sporadyczny: on już ich nie znał. Pokorny, chciał zmusić się do zaakceptowania również faktu, że ich nie zna.
Ale nie mógł tego znieść, nie mógł tego znieść. Jak mogę w dalszym ciągu kłamać! Nie wierzę! Nie wierzę!». I patrząc na czterech mężczyzn i kobietę, pragnął tylko roślin, rośliny ciszy roślin. Ale z szacunku powtórzył powoli: „Nie wierzę”. Ze spokojem oszołomiony: «Nie wierzę… Tak, oszołomiony. Ponieważ alleluja, alleluja, znowu jestem głodny. Tak głodny, że muszę być więcej niż jeden, muszę być dwojgiem, dwojgiem? Nie! Trojgiem, pięciorgiem, trzydzieściorgiem, milionami; z jednym trudno wytrzymać, potrzebuję milionów mężczyzn i kobiet oraz tragedii alleluja. „Nie wierzę”: odrodziła się olbrzymia spójność. Jego ekstremalna niedola doprowadziła go do zawrotów głowy w ekstazie. – Nie wierzę – powiedział łakomie, szukając w twarzach ludzi tego, czego szuka człowiek. – Jestem głodny – powtórzył bezradnie. Czy powinien dziękować Bogu za swój głód, ponieważ to on podtrzymywał go przy życiu.
Czując zawroty głowy, nie wiedząc, do kogo się zwrócić, badał ich jednego po drugim. A on… on po prostu nie wierzył. – „Eppur, si muove” – powiedział z uporem osła.
– Chodźmy- powiedział wówczas, podchodząc niepewnie do czterech zdezorientowanych małych ludzi. -Chodźmy – powiedział. Oni musieli wiedzieć, co czynią. Z pewnością wiedzieli, co robią. W imię Boga nakazuję wam być tego pewnymi. Ponieważ to w jego rękach spoczywał cały ten cenny i zgniły ciężar, ciężar do zrzucenia do morza, do tego bardzo przykry, a sprawa nie była prosta: ponieważ ten ciężar winy powinien zostać zrzucony z miłosierdziem. Bo przecież nie jesteśmy aż tak winni, jesteśmy bardziej głupi niż winni. A więc i z miłosierdziem. W imię Boga, mam nadzieję, że wiedzą, co czynią. Ponieważ ja, synu mój, ja jestem po prostu głodny. I to jest właśnie ta wątpliwa metoda zrywania jabłka w ciemności: tak by ono nie spadło.


Fotograma de Meshes of the afternoon de Maya Deren : Eleanora Derenkowsky (Kiev, 1917 – Nueva York, 1961) directora de cine, bailarina, coreógrafa, poeta y escritora ucraniana nacionalizada estadounidense.

A Maçã no Escuro

Oh Deus, como aquele homem estava cansado e incerto, aquele homem não sabia muito bem o que era esperança. Bem que ele tentou
raciocinar a esperança, oh bem que ele tentou. Mas, em vez de pensar no que se propôs pensar, pensou como uma mulher ocupada: “explicar nunca levou ninguém a nenhum lugar, e entender é uma futilidade”, disse ele como uma mulher ocupada em dar de mamar ao filho.
Mas não! mas não! ele tinha que pensar, ele simplesmente não podia embarcar assim, sem mais nem menos! Então, perdendo o pé, ele se argumentou e se justificou: “Não ter esperança era a coisa mais estúpida que podia acontecer a um homem”. Seria o fracasso da vida num homem. Assim como não amar era pecado de frivolidade, não ter esperança era uma superficialidade. Não amar, era a natureza errando. E quanto à perversão que havia em não ter esperança? bem, isso ele entendeu com o corpo. Além do mais — em nome dos outros! — é pecado não ter esperança. Não se tinha direito de não ter. Não ter esperança é um luxo. Oh, Martim sabia que sua esperança escandalizaria os otimistas. Ele sabia que os otimistas o fuzilariam se o ouvissem. Porque a esperança é assustadora. Há que ser homem para ter a coragem de ser fulminado pela esperança.
E então Martim se assustou de fato.
— Você está consciente, meu filho, do que está fazendo?
— Estou sim, meu pai.
— Você está consciente de que, com a esperança, você nunca mais terá repouso, meu filho?
— Estou sim, meu pai.
— Você está consciente de que, com a esperança, você perderá todas as outras armas, meu filho?
— Estou sim, meu pai.
— E que sem o cinismo você estará nu?
— Estou sim, meu pai.
— Você sabe que esperança é também aceitar não acreditar, meu filho?
— Sei sim, meu pai.
— Você está consciente de que acreditar é tão pesado a carregar como uma maldição de mãe?
— Estou sim, meu pai.
— Você sabe que o nosso semelhante é uma porcaria?
— Sei sim, meu pai.
— E você sabe que você também é uma porcaria?
— Sei sim, meu pai.
— Mas você sabe que não me refiro à baixeza que tanto nos atrai e que admiramos e desejamos, mas sim ao fato de que o nosso semelhante, além do mais, é muito chato?
— Sei sim, meu pai.
— Você sabe que esperança consiste às vezes apenas numa pergunta sem resposta?
— Sei sim, meu pai.
— Você sabe que no fundo tudo isso não passa de amor? do grande amor?
— Sei sim, meu pai.
— Mas você sabe que a pessoa pode encalhar numa palavra e perder anos de vida? E que esperança pode se tornar palavra, dogma e encalhe e sem-vergonhice? Você está pronto para saber que olhadas de perto as coisas não têm forma, e que olhadas de longe as coisas não são vistas? e que para cada coisa só há um instante? e que não é  fácil viver apenas da lembrança de um instante?
— Esse instante…
(…)
— Meu filho. Você está consciente de que de agora em diante, para onde você vá, será perseguido pela esperança?
— Estou sim, meu pai.
— Você está disposto a aceitar o duro peso da alegria?
— Estou sim, meu pai.
— Mas, meu filho! você sabe que é quase impossível?
— Sei sim, meu pai.
— Você ao menos sabe que esperança é o grande absurdo, meu filho?
— Sei sim, meu pai.
— Você sabe que há que ser adulto para ter esperança!!!
— Sei, sei, sei!
— Então vai, meu filho. Ordeno-te que sofras a esperança. Mas já na primeira nostalgia, a última como antes de nunca mais, Martim gritou pelo amparo:
— Que luz é essa, papai? gritou já solitário na esperança, andando de quatro para fazer seu pai rir, fazendo uma perguntinha bem antiga e tola contanto que adiasse o momento de assumir o mundo. Que luz é essa, papaizinho! perguntou gaiato, com o coração batendo de solidão.
O pai hesitou severo e triste no seu túmulo.
— É a do fim do dia, disse apenas por piedade. E assim era.
Era quase noite, e a beleza pesava no peito. Martim disfarçou-a como pôde, assobiou vagamente sem som, olhando para o teto.
De onde, devagar e com cautela, desceu os olhos para os outros — e olhou o próximo, um a um. Quem sois? Eram caras com narizes. Deveria ele investir toda a sua pequena fortuna num gesto de confiança? No entanto era uma vida que não se repete, a dele, aquela que ele lhes entregaria. Quem sois? Era difícil lhes dar. Amar era um sacrifício. E mesmo, e mesmo, havia a descontinuidade: mal começara, e já havia a descontinuidade. Seria preciso aceitar também isto? a descontinuidade com que ele os olhou e — quem eram esses homens? quem sois? que coisa dúbia sois, como se eu absurdamente já tivesse visto tempos melhores e conhecido outra raça de gente e não pudesse vos aceitar, mas apenas vos amar? Em verdade, sois? e até que ponto? E — e poderei amar essa coisa que sois?
Ele os olhou, cansado, incrédulo. Ele os desconhecia. Uma pessoa era esporádica: ele já os desconhecia. Humilde, ainda quis se forçar a aceitar também isto: desconhecê-los.
Mas não suportou, ele não suportou. Como posso continuar a mentir!
Eu não creio! eu não creio! E olhando os quatro homens e mulher, ele só quis plantas, as plantas, o silêncio das plantas. Mas com a atenção ligeiramente desperta, ele repetiu devagar: não creio. Vagarosamente deslumbrado: não creio… Deslumbrado, sim. Porque, aleluia, aleluia, estou de novo com fome. Com tanta fome que preciso ser mais de um, preciso ser dois, dois? não! três, cinco, trinta, milhões; um é difícil de carregar, preciso de milhões de homens e mulheres, e da tragédia da aleluia. “Não creio”: a grande coerência renascera. Sua extrema penúria levou-o a uma vertigem de êxtase. Não creio, disse ele com fome, procurando na cara dos homens
aquilo que um homem procura. Estou com fome, repetiu desamparado.
Deveria agradecer a Deus a sua fome? pois a necessidade o sustentava.
Estonteado, sem saber a quem se dirigir, examinou-os um a um. E
ele — ele simplesmente não acreditava. Eppur, si muove,  disse com uma teimosia de burro.
— Vamos, disse então aproximando-se incerto dos quatro homens pequenos e confusos. Vamos, disse. Porque eles deviam saber o que faziam.
Eles certamente sabiam o que faziam. Em nome de Deus, eu vos ordeno que estejais certos. Porque toda uma carga preciosa e podre estava entregue nas mãos deles, uma carga a jogar no mar, e muito pesada também, e a coisa não era simples: porque essa carga de culpa devia ser jogada com misericórdia também. Porque afinal não somos tão culpados, somos mais estúpidos que culpados. Com misericórdia também, pois. Em nome de Deus, espero que vocês saibam o que estão fazendo. Porque eu, meu filho, eu só tenho fome. E esse modo instável de pegar no escuro uma maçã — sem que ela caia.

Clarice Lispector

1920 – 1977, Ucrania / Brasil

Trad. Sandra Santos

La pasión según G. H.

Y no olvidar, al comenzar el trabajo, estar preparada para equivocarme. No olvidar que el error muchas veces se había convertido en mi camino. Siempre que no resultaba cierto lo que pensaba o sentía, entonces se producía una brecha y, si antes hubiese tenido valor, ya habría entrado por ella. Mas siempre sentí miedo del delirio y del error. Mi error, no obstante, debía de ser el camino de una verdad: pues únicamente cuando me equivoco salgo de lo que conozco y entiendo. Si la «verdad» fuese aquello que puedo entender, terminaría siendo tan solo una verdad pequeña, de mi tamaño.
La verdad tiene que estar exactamente en lo que jamás podré comprender. Y, más tarde, ¿sería capaz de comprenderme ulteriormente? No sé.
El hombre del futuro, ¿nos entenderá como somos hoy? Distraídamente, con alguna ternura distraída, acariciará nuestra cabeza como nosotros hacemos con el perro que se nos acerca y nos mira desde dentro de su oscuridad, con ojos mudos y afligidos. Él, el hombre futuro, nos acariciaría, comprendiéndonos remotamente, como yo remotamente después iba a entenderme, bajo la memoria de la memoria de la memoria ya perdida de un tiempo de dolor, no sabiendo que nuestro tiempo de dolor iba a pasar del mismo modo que el niño pequeño no es un niño estático, sino un ser que crece.

Tłum. Ada Trzeciakowska

Pasja według G. H.

I nie zapomnieć, zacząwszy pracę, być gotową na pomyłki. Nie zapomnieć, że błąd wielokrotnie stawał się moja drogą. Zawsze, kiedy to co myślałam czy czułam okazywało się wątpliwe, otwierała się wówczas szczelina i, gdybym wcześniej miała odwagę, już dawno bym nią weszła. Lecz zawsze czułam strach przed delirium i błędem. Mój błąd, jednakże, zapewne musiał być droga do prawdy: bo wyłącznie, kiedy błądzę wychodzę poza to co znajome i zrozumiałe. Jeśli „prawdą” byłoby to co mogę zrozumieć, byłaby to zaledwie prawda niewielka, na moją miarę.
Prawda musi zawierać się wyłącznie w tym czego nie będę mogła zrozumieć nigdy. A później, po wszystkim, byłabym w stanie zrozumieć siebie samą? Nie wiem.
Człowiek z przyszłości, zrozumie nas jacy jesteśmy dziś? Nieuważnie, z jakimś czułym roztargnieniem, pogłaszcze nas po głowie jak zwykliśmy głaskać psa, który podchodzi do nas i patrzy na nas ze jądra swojej ciemności niemymi i udręczonymi oczami. On, człowiek z przyszłości, głaszcze nas, niejasno nas rozumiejąc, tak jak daleko później miałam zrozumieć siebie, pod ciężarem wspomnienia wspomnień pamięci już straconej czasu pełnego bólu, nie wiedząc, że nasz czas bólu miał mijać w taki sam sposób jak małe dziecko nie jest dzieckiem statycznym a istotą, która rośnie.

Francesca Woodman

A paixão segundo G. H.

E não me esquecer, ao começar o trabalho, de me preparar para errar. Não esquecer que o erro muitas vezes se havia tornado o meu caminho. Todas as vezes em que não dava certo o que eu pensava ou sentia – é que se fazia enfim uma brecha, e, se antes eu tivesse tido coragem, já teria entrado por ela. Mas eu sempre tivera medo de delírio e erro. Meu erro, no entanto, devia ser o caminho de uma verdade: pois só quando erro é que saio do que conheço e do que entendo. Se a verdade” fosse aquilo que posso entender – terminaria sendo apenas uma verdade pequena, do meu tamanho.
A verdade tem que estar exatamente no que não poderei jamais compreender. E, mais tarde, seria capaz de posteriormente me entender? Não sei.
O homem do futuro nos entenderá como somos hoje? Ele distraidamente, com alguma ternura distraída, afagará nossa cabeça como nós fazemos com o cão que se aproxima de nós e nos olha de dentro de sua escuridão, com olhos mudos e aflitos. Ele, o homem futuro, nos afagaria, remotamente nos compreendendo, como eu remotamente ia depois me entender, sob a memória da memória da memória já perdida de um tempo de dor, mas sabendo que nosso tempo de dor ia passar assim como a criança não é uma criança estática, é um ser crescente.

Transl. Idra Novey

The Passion According to G.H.

And I couldn’t forget, at the outset of the job, to prepare myself to err. Not forgetting that the error had often become my path. Every time something I was thinking or feeling didn’t work out—was because finally there was a breach, and, if I’d had courage before, I’d have already gone through it. But I’d always been afraid of delirium and error. My error, however, must be the path of a truth: since only when I err do I step out of what I know and what I understand. If “truth” were whatever I could understand — it would end up being just a small truth, one my size.
The truth must be exactly in what I shall never be able to understand. And, later, could I understand myself afterward? I don’t know.
 Will the man of the future understand us as we are today? He distractedly, with some distracted tenderness, will pet our head as we do with the dog that comes over to us and looks at us from within its darkness, with mute and afflicted eyes. He, the future man, would pet us, remotely understanding us, as I remotely would understand myself later, beneath the memory of the memory of the memory already lost of a time of pain, not knowing that our time of pain would pass just as a child is not a static child, it’s a growing being.



Clarice Lispector

1920 – 1977, Ucrania / Brasil

Trad. Sandra Santos

La pasión según G. H.

Dame tu mano.
Voy a contarte ahora cómo he entrado en lo inexpresivo que siempre ha sido mi búsqueda ciega y secreta. De cómo he entrado en aquello que existe entre el número uno y el número dos, de cómo he visto la línea de misterio y fuego, y que es línea subrepticia. Entre dos notas de música existe una nota, entre dos hechos existe un hecho, entre dos granos de arena por más juntos que estén existe un intervalo de espacio, existe un sentir que es entre el sentir —en los intersticios de la materia primordial está la línea de misterio y fuego que es la respiración del mundo, y la respiración continua del mundo es aquello que oímos y llamamos silencio.

Tłum. Ada Trzeciakowska

Pasja według G. H.

Podaj mi rękę.
Opowiem ci teraz jak doszłam do niewyrażalnego, które od zawsze było moim sekretnym i ślepym poszukiwaniem. Jak dotarłam do tego co istnieje między liczbą jeden i liczbą dwa, jak ujrzałam linię tajemnicy i ognia, będącą linią potajemną. Między dwiema nutami muzyki istnieje nuta, między dwoma faktami istnieje fakt, między dwoma ziarenkami piasku, jak blisko siebie by nie były, istnieje przerwa w przestrzeni, istnieje odczuwanie, które pozostaje między czuciem -szczelinami pierwotnej materii biegnie linia tajemnicy i ognia będąca nieprzerwanym oddechem świata tym to co słysząc nazywamy ciszą

Fotos propias: Povedilla

A paixão segundo G. H.

Dá-me a tua mão:
Vou agora te contar como entrei no inexpressivo que sempre foi a minha busca cega e secreta. De como entrei naquilo que existe entre o número um e o número dois, de como vi a linha de mistério e fogo, e que é linha sub-reptícia. Entre duas notas de música existe uma nota, entre dois fatos existe um fato, entre dois grãos de areia por mais juntos que estejam existe um intervalo de espaço, existe um sentir que é entre o sentir nos interstícios da matéria primordial está a linha de mistério e fogo que é a respiração do mundo, é a respiração contínua do mundo é aquilo que ouvimos e chamamos de silêncio.

Transl. Ronald W. Sousa

The Passion According to G.H.

Give me your hand:
I will now tell you how I went into the expressionless, that always has been my blind search and secret, how I got what exists between the number one and number two, how I saw the line of fire and mystery, which is the surreptitious line. Between two musical notes is a note, between two facts is a fact, between two grains of sand together, for more than that there are, is a range of space, there is a feeling that is felt between – in the interstices of primordial matter is the line of mystery and fire, which is the breath of the world, and continued respiration of the world.That is what we hear and call silence.

Kateryna Kalytko

1982 – , Ucrania

Trad. Ada Trzeciakowska

Conspiración de los árboles

Y te diré así: estos árboles robarán nuestros sueños
Húmedo y fangoso fondo tienen los corazones y los pueblos aquí.
Y los árboles no duermen. Salimos al huerto, y con
sus deshojados dedos nos agarran por los brazos en silencio.

Son oscuras sus garras afiladas y heridas en el cuerpo finas.
Crecen a través de nosotros y no se curan con la edad.
Fuimos nosotros, nosotros los que hicimos de sus padres
camas y cómodas, aparadores, puertas y ventanas.

En una cama de madera con un cabecero tallado,
que lleva cinco años corroída por una carcoma pesada,
en el bidón de mi pecho remuevo la tos con las costillas
Y digo:
-Huye,
por el huerto por la hierba alta

Hacia el río…
Pero es tarde.
En la orilla vela un barco,
El río rompe y refrigera su lomo de madera.

Me gustaría conocer el rostro de ese árbol que
llegará a través de la niebla fría
y pisará mi pecho.

Tłum. Aneta Kamińska

Zmowa drzew

I powiem ci tak: te drzewa ukradną nasze sny.
Wilgotne dno i grząskie mają tutejsze serca i miasteczka.
A drzewa nie śpią. Wychodzimy do sadu i one nas 
bezlistnymi palcami w milczeniu łapią za ramiona.

Ciemne pazury są ostre i rany na ciele cienkie.
Przebijają się przez nas te drzewa i nie goją się z wiekiem.
Bo to przecież my, to my wzięliśmy sobie ich rodziców
na łóżka i komody, na kredensy, drzwi i okna.

W drewnianym łóżku z rzeźbieniem w głowach,
które piąty rok dojada natrętny kornik,
w baniaku piersi mieszam żebrami kaszel
i mówię:
Uciekaj,
przez sad, gdzie wysoka trawa, 

do rzeki.
Ale jest późno.
Czuwa na brzegu łódka.
Drewniany grzbiet rzeka jej łamie i studzi.

Chciałabym znać z twarzy to drzewo, które
przez zimną mgłę przypłynie
i nastąpi na piersi.

Tercer cuadro: Paco Pomet

Змова дерев

І скажу тобі так: ці дерева вкрадуть наші сни.
Вогке дно і грузьке у тутешніх сердець та містечок.
А дерева не сплять. Ми виходимо в сад, і вони
Нас безлистими пальцями мовчки хапають за плечі.

Темні пазурі гострі і рани на тілі тонкі.
Проростають крізь нас ці дерева й не гояться з віком.
Це ж бо ми, це ж бо ми, що взяли собі їхніх батьків
На ліжка і комоди, на мисники, двері та вікна.

В дерев’яному ліжку із різьбленням у головах,
Що його п’ятий рік доїдає настирливий шашель,
В казанкові грудей перемішую ребрами кашель
І кажу:
– Утікай,
Через сад, де висока трава,

До ріки…
Але пізно.
Вартує на березі човен.
Дерев’яний хребет йому річка ламає і студить.

Я хотіла би знати в обличчя те дерево, що
Крізь холодний туман припливе
І наступить на груди.

Mutiny of trees

And I shall tell you this: these trees will steal our dreams.
The local hearts and towns are moist and marshy at bottom.
The trees do not sleep. We walk into the garden, and
They clutch our shoulders with their leafless limbs.

Sharp dark talons press into the thin slits of wounds.
These trees grow through us and do not heal with age.
Because we took their parents to serve our needs,
To make beds and boxes, spoons, windows, and doors.

In a wooden bed with an engraved headboard,
Dark with age and infested with woodworms
In a bowl of my breast I stir up the cough with my ribs
And I say:
Run away,
Across the garden, through the tall grass

To the river.
But it’s too late:
A boat is on guard at the shore,
Its wooden spine damaged by the river.

I would like to meet face to face the tree
that will float out of the fog,
and step on my breast.