Wiesław Myśliwski

1932 – 30 de marzo de 2026, Polonia

Myśliwski fue un prosista muy querido y admirado en su Polonia natal, galardonado con los más importantes premios literarios. Falleció ayer a los 94 años. Este es un fragmento de una novela publicada en 1970.

Amanecer de la Segunda Guerra Mundial. El frente se acerca a la aldea. Jakub, un pastor, es testigo de la huida de los señores de la casa solariega. Cuando, movido por la curiosidad, cruza el umbral del palacio, se adentra en un mundo aristocrático —a medio camino entre lo real y lo tejido por la imaginación. Recorre pasillos vacíos y se sienta en los sillones, encarnando el papel de aristócrata. Las visiones de los antepasados y las figuraciones de otra vida van penetrándolo poco a poco, transformando su conciencia. Jakub se convierte en su propio señor. Wiesław Myśliwski, mediante el monólogo vivo del protagonista, muestra la dinámica tensa y cambiante de la conciencia humana. Jakub cambia de papel, se pone máscaras tomadas del atrezzo de la realidad en la que vive. Pensamiento y lenguaje sin barreras, un mundo sin límites sociales: he aquí una visión literaria de gran fuerza interior, a la altura de su tiempo.

Trad. Ada Trzeciakowska

El palacio

Desmonto, pues, del caballo. Sí, así fue. Ahora lo recuerdo. Desmonto. Me acerco al ciervo, quizá un paso, medio paso. Y él, como si nada, tan tranquilo sigue ramoneando la hierba. Sí, qué me dices, ni siquiera le da por mirarme. ¿Has visto tú un ciervo así? Le arrimé entonces la escopeta a la testa y ni yo mismo sé cómo ocurrió. Juraría que no disparé. Disparó sola, como si por mí lo hiciera. Yo no hice el menor movimiento. Ni aun sentí voluntad de hacer cosa alguna. Solo oí el disparo y vi que el ciervo caía de repente sobre sus patas delanteras y luego se desplomaba con todo el cuerpo sobre la hierba. Mas aquella no era todavía toda su muerte. No lo creas. Sus ojos se tuvieron en vida largo rato. Los dilató hacia todo el bosque y no soltaba el mundo. Me vi en esos ojos de pies a cabeza, con la escopeta aún humeante en la mano, verde del verdor del bosque. Y tan pequeño junto a él que hasta daba risa. Me torné casi incorpóreo. No estaba donde estaba, sino en aquellos ojos suyos, que se iban más allá de montes, más allá de bosques, henchidos de lágrimas, apagándose poco a poco, lágrima a lágrima. No sabía hasta entonces que las bestias lloran. Imagínate: lloran. No lo sabía. Solo que su llanto parece vuelto hacia la muerte. Y ese llanto le siguió cayendo de los ojos mucho tiempo, aunque el cuerpo yacía ya inmóvil desde hacía rato. Me veía en esos ojos, yerto, desvalido; no sentía en mí ni una pizca de voluntad, ni pensamiento alguno, ni gana de cosa alguna. No me atrevía a hacer el gesto más necio, ni siquiera a apartar la escopeta de la vista. Solo eso: allí me veía. Me parecía ser yo mismo la última visión de mí, que nadie fuera de mí podría ya alcanzar. Como si me estuviera viendo en mi propia muerte, en los ojos de aquella criatura. Y en aquel momento me sentí casi hermanado con esta muerte, hasta agradecido, por haberme prestado su fulgor, por haberme permitido ponerme frente a mí mismo, en ese último rayo que atraviesa el bosque, en una cercanía tan suma que con ella me sentía uno.

Esta muerte nos abarcó a todos allí (…)

(…) Volvería, aunque fuera desde el otro mundo, para morir otra vez, como se debe. Volvería, aunque no me esperara nada más que esa muerte. Aunque tuviera que atravesar toda la eternidad que separa ese mundo de este. Toda la oscuridad sin fin. Sin cielo encima, sin tierra bajo los pies. Sin saber siquiera hacia dónde ir. Solo queriéndolo. Sin pan, sin agua, sin sueño, sin aire. Bajo lluvias, ventiscas. De rodillas. A rastras. Jadeando. Exprimido. Como si me hubiera elegido el destino para llevar su encargo. Volvería. Aunque tuviera que pagarlo con el infierno. Volvería. Le rogaría a Dios —y si no a Dios, al diablo— que me dejara volver a esa muerte mía. A ese único día, hora, instante. ¿Qué es eso? Dime, ¿qué es? ¿No me lo concederían? Para poder verme morir como es debido, y luego soltar ya el último aliento. Volvería. Porque una muerte hermosa vale a veces toda una vida. A veces de la vida solo queda esa muerte. A veces hay que esperar a la muerte para saber que uno es hombre. Y a los malditos, es la muerte la que los vuelve humanos: en la muerte nacen de verdad, en la muerte les llega el deslumbramiento de haber sido también hombres. Seguro que te estás riendo por dentro, ¿eh? Ríete, ríete, necio. Que a la muerte hay que crecerle. Así que ríete mientras puedas. Dime, ¿quién le ha arrancado nunca un día, una hora, un instante, un suspiro? ¿Quién? ¿Y para qué temerla entonces? El miedo se lo siembra el hombre a sí mismo, y esa semilla es fértil como la mala hierba. Enseguida brota en ti, crece, se extiende, se te sube por encima de las ganas, de la alegría, de la esperanza; te enreda el corazón y la cabeza, se te mete dentro y te consume antes de que llegue la muerte. Porque, ¿qué es la muerte? Dime, ¿qué es? Sabes tan poco de ella que le tienes miedo. ¡Nada sabes! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Y sin embargo, solo pensar que puedes tanto —vivir y no vivir— ya consuela. Porque si vivieras para siempre, ¿cómo te vengarías siquiera de tu vida? ¿Cómo? Dime. Por eso la muerte es a veces una tentación tan grande. ¿Lo ves? ¿Lo ves? Más ligero estás, ¿no? A veces vale la pena hablar con alguien que sabe.

¿Y sabes cómo me gustaría morir? Me gustaría que fuese la misma hora que ahora. Pleno verano. Y que el día fuera soleado, como hoy, caluroso, sofocante. Que el sol se derrame como oro sobre las cosas. Y yo, en el salón, acostado. En el mismo centro. Frente a la puerta, para verlo todo. Y que el propio salón se duela un poco con mi muerte. En un lecho ancho estoy tendido. Tan ancho que cabrían cuatro, que aunque abrieras los brazos como alas no alcanzarías los bordes. Y en unas sábanas blancas como la nieve, tan blancas que dan deseo de morir en ellas, como si en tal blancura uno pudiera permanecer para siempre. Y que tal fuese la muerte. Como si la muerte no fuera otra cosa que esa misma sábana que te envuelve con dulzura desde todas partes. Y sobre las almohadas, en alto, mi cabeza. De ella emana cierta dignidad, no la muerte. Mis ojos arden con un brillo penetrante. En ellos tiembla una calma doliente. Una mirada fija, muy lejos, muy lejos, que atraviesa hombres, muros, el mundo, y que quizá ya alcanza la muerte. Y todos en torno, llorosos, encogidos, espantados de que un señor como yo también muera. Aunque en lo hondo de sus corazones me envidian esa muerte, tan indecorosa, tan excesiva, tan sumisa ante mí. Mas que aun me la tomen por pecado, no por muerte; por soberbia, no por muerte.

Fotogramas de EL PALACIO, adaptación de la novela, dirigida por Tadeusz Junak (1980)

PAŁAC

Zsiadam więc ci z konia. Tak, tak właśnie było. Przypominam sobie. Zsiadam więc z konia. Zbliżam się do jelenia, może na krok, na pół. A ten ci spokojnie dalej trawę sobie skubie. No i co powiesz, skubie jakby nigdy nic. Nawet nie chce mu się spojrzeć na mnie. Widziałeś kiedy takiego jelenia? Przystawiłem mu więc wtedy strzelbę do łba i nie wiem nawet, jak to się stało. Przysiągłbym, że nie strzeliłem. Strzeliło samo, jakby za mnie. Ja nie zrobiłem najmniejszego ruchu. Nawet woli nie czułem, żeby cokolwiek uczynić. Usłyszałem tylko ten strzał i zobaczyłem, że jeleń raptem spada na przednie nogi, a potem całym ciałem osuwa się w murawę. Ale to jeszcze nie była wszystka jego śmierć. Nie myśl. Oczy jego długo jeszcze trzymały się przy życiu. Rozszerzył je na cały las i nie puszczał się świata. Ujrzałem się w tych oczach od stóp do głów, z dymiącą strzelbą pod ręką, zielony zielonością lasu. A taki mały przy nim, że aż śmieszny. Zrobiło mi się prawie bezcieleśnie. Nie czułem się tu, gdzie stałem, lecz w tych oczach jego zachodzących za góry, za lasy, nabrzmiałych łzami i gasnących powoli łza po łzie. Nie wiedziałem dotąd, że zwierzęta płaczą. Wyobraź sobie, płaczą. Nie wiedziałem. Tylko że ten płacz ich jest jakby do śmierci zwrócony. Ten płacz długo jeszcze skapywał mu z oczu, chociaż jego ciało od dawna już leżało nieruchome. Widziałem się w tych oczach zastygły, obezwładniony nie czułem ani krzty woli w sobie, ani myśli żadnej, ani chęci do niczego. Nie śmiałem uczynić najgłupszego ruchu, nawet strzelby zdjąć z widoku. Tyle, że się tam widziałem. Zdawało mi się, że jestem sam sobie ostatnim swoim widzeniem, którego nikt poza mną ujrzeć już nie zdoła. Że widzę siebie jako w śmierci swojej w tych oczach zwierzęcia. Czułem się z tą śmiercią w tamtej chwili prawie zbratany nawet wdzięczny jej, że mi użyczyła swego blasku, że mi pozwoliła stanąć naprzeciw siebie jak w ostatnim promieniu las przeszywającym, w bliskości tak bliskiej, że się jednością z nią czułem.

Ta śmierć objęła wszystkich tam. (…)

Wróciłbym choćby z zaświatów, aby umrzeć jeszcze raz, jak należy. Wróciłbym, choćby nic więcej miało mnie nie spotkać, prócz tej śmierci. Choćbym miał przejść całą wieczność, jaka tamten świat od tego odgradza. Całą ciemność nieskończoną. Nie mając nieba nad sobą, ziemi pod stopami. Nie wiedząc nawet, w jakim mi iść kierunku. Lecz pragnąc jedynie. Bez chleba, wody, snu, powietrza. Przez deszcze, zawieje. Na klęczkach. Na bałyku. Zziajany. Wynędzniały. Jak gdyby wieść mnie wybrała na swojego posłańca. Wróciłbym. Choćbym miał piekłem to przypłacić. Wróciłbym. Ubłagałbym Boga, jak nie Boga, to Szatana, aby mi pozwolił wrócić na tę śmierć moją. Na ten jeden dzień, godzinę, chwilę. Cóż to jest? No, powiedz, cóż to jest? Chyba mi pozwolą? Abym mógł się ujrzeć, że umieram jak należy, i potem już wydać to ostatnie tchnienie. Wróciłbym. Bo piękna śmierć warta nieraz całego życia. O, nieraz z życia tylko ta śmierć zostaje. Nieraz śmierci trzeba czekać, aby doznać, że się jest człowiekiem. A przeklętych to już zawsze śmierć dopiero uczłowiecza, w śmierci się dopiero rodzą, w śmierci olśnienie ich nawiedza, że byli także ludźmi. 

Pewnie tam się śmiejesz po kryjomu, co? Śmiej się, śmiej, głupcze. Bo do śmierci trzeba doróść. Więc śmiej się, póki śmiać się możesz. No, kto kiedy wytargował od niej dzień, godzinę, chwilę czy westchnienie? Kto? To i na cóż jej się bać. Strach tylko człowiek sieje w sobie, a ziarno strachu plenne jest jak kąkol. Zaraz się bui w tobie, krzewi, wyrasta ponad nadzieje, radości, chęci, serce ci oplącze, rozum, w trzewiach się zapuści i wyniszczy cię, zanim śmierć nadejdzie. Bo cóż to jest śmierć? No, powiedz, co to jest śmierć? Widzisz, tyle o niej wiesz, że jej się boisz. Maluczko. He! He! He! A już sama myśl, że tak wiele możesz, żyć i nie żyć, jakże jest kojąca. No, bo gdybyś tak żył wiecznie, jak mógłbyś się choćby zemścić na swoim życiu. No, jak? Powiedz. Dlatego śmierć bywa nieraz tak wielką pokusą. A widzisz, widzisz. Lżej ci, co? O, nieraz opłaci się pogadać z kimś mądrym.

A wiesz, jak ja chciałbym umrzeć? Chciałbym, aby była taka sama pora jak teraz. Pełnia lata. I dzień mógłby być słoneczny, jak i dzisiaj, upalny, duszny. Niechby się słońcem mienił jak złotem. A ja w salonie sobie leżę. Na samym środku. Naprzeciw drzwi. Abym mógł widzieć wszystko. A niechby salon i posmutniał trochę moją śmiercią. Na szerokim łożu sobie leżę. Na takim, że we czworo można leżeć, że choćbyś ręce jak skrzydła rozłożył, krawędzi nie dostaniesz. I w pościeli jak śnieg bielutkiej, że aż chce się w czymś takim umierać, bo ci się zdaje, że w tej bialutkiej pościeli pozostaniesz na wieki. I to będzie ta śmierć. Jakby śmierć niczym innym nie była, tylko tą pościelą milącą się zewsząd do ciała twojego. A na poduszkach wysoko głowa moja. Dostojność z niej bije, nie śmierć. Oczy moje goreją przenikliwym blaskiem. Jakaś bolesna pogoda w nich tli się. Jakieś zapatrzenie daleko, daleko, przenikające ludzi, mury, świat, śmierć już może widzące. A wszyscy wokół zapłakani, potruchlali, przerażeni, że taki pan, a też umiera. Chociaż głęboko w sercach zazdroszczą mi tej śmierci, że nieprzystojna, za bogata, za pokorna wobec mnie. Ale niechby mi nawet za grzech ją poczytali, nie za śmierć, za pychę, nie za śmierć.

Deja un comentario