1930-1973, Chequia
Ota Pavel fue un escritor y periodista checo, conocido por su mirada profundamente humana sobre la vida cotidiana, la naturaleza y la memoria familiar. Hijo de un comerciante judío y una madre checa, vivió su infancia marcada por la ocupación nazi: varios de sus familiares fueron deportados a los campos de concentración, mientras él y su madre lograron sobrevivir en Bohemia. Esa experiencia de pérdida y resistencia impregna muchos de sus relatos, en los que la pesca, los ríos y la infancia se convierten en refugios de inocencia frente al horror histórico.
En los años cincuenta y sesenta trabajó como periodista deportivo, cubriendo competiciones internacionales. Durante una de esas giras, en los Juegos Olímpicos de Innsbruck de 1964, sufrió su primer brote psicótico. Fue diagnosticado de trastorno bipolar (psicosis maníaco-depresiva), posiblemente agravado por el estrés, el insomnio y la presión profesional. A partir de entonces su vida se dividió entre los periodos de internamiento psiquiátrico y la escritura.
En esa etapa de fragilidad mental nacieron sus obras más intensas y poéticas, como Cómo conocí a los peces (Jak jsem potkal ryby) y Carpas de Wehrmacht (Smrt krásných srnců), donde la enfermedad parece dar paso a una claridad dolorosa y luminosa a la vez. Su prosa combina la ternura, el humor y la melancolía de quien mira el mundo desde el borde de la razón.
Trad. Kepa Uharte
Carpas para la Wehrmacht
(…) Sabíamos que seguía yendo a su estanque a ver a sus carpas. Aunque teníamos poco pan, seguía alimentándolas, seguramente con la esperanza de que nadie las pescaría durante la guerra y tendrían un final feliz. Iba al estanque de día y de noche, estaba obsesionado.
Una vez fue al dique entre los álamos y se quedó tieso. En la orilla cenagosa había cuatro hombres con uniformes verdes limpios como patenas, con cañas en las manos. Mi padre, fascinado, se les fue acercando paso a paso, como si quisiera preguntarles qué creían que hacían en su estanque. Cuando el primero, delgado y con botas de montar, se volvió un poco hacia él, mi padre vio la calavera de las SS y una cara risueña.
—¿Qué quieres, judío? ¿Te apetece una carpa? —Mi padre calló y la calavera ordenó—: ¡Ven a por ella!
El oficial sacó una carpa de un cubo y la tiró al barro, donde la carpa se hundió, moribunda. Las cuatro calaveras soltaron una carcajada. Luego una de ellas se quedó en silencio y gritó:
—¡Lárgate, judío!
Mi padre se dio la vuelta y se marchó igual de erguido que siempre, pues nunca había temido a nadie y los alemanes aún no le habían enseñado a arrastrarse.
La ocupación fue mala en todas partes, aunque en Buštěhrad tal vez un poco peor. La destrucción de Lídice conmocionó al mundo, pero todo Buštěhrad, incluidos mi padre, mi madre, mis hermanos y yo, vio arder Lídice, oyó gritar a Lídice detrás de la colina. Yo iba al colegio con Příhoda y de repente su sitio en el banco estaba desoladoramente vacío. Allí jugábamos al fútbol, mi padre tenía amigos. Vimos a los alemanes hacer batidas con las bayonetas caladas. Y mi madre, menuda, rubia, tuvo que trabajar en el campo de Lídice y a menudo volvía bañada en lágrimas, porque sobre las tumbas crecía una hierba alta y espesa por la sangre y los cuerpos de los asesinados. Nunca podremos olvidar la destrucción de Lídice; se nos quedó agarrada de un mordisco en el corazón, como garrapatas en la piel, solo que con una cruz gamada negra en lugar de mandíbulas y patitas.
A mi padre le afectó, en sus ojos se había clavado esa maldita tristeza centenaria. Y dejó de ir al estanque, ya no creía que las carpas pudieran volver a ser suyas algún día.
(…)
La víspera de la partida de papá hicimos una cena de Nochebuena anticipada. En el árbol ardían las velas, el estaño brillaba como la plata y la habitación olía a bosque. Mi padre consiguió para mí, Dios sabrá de dónde, unos zapatos viejos con patines. Siempre había soñado que me convertiría en un famoso jugador de hockey. Por mi parte, yo le conseguí de los chicos del colegio dos cajetillas de cigarrillos para el viaje al campo de concentración. Mis padres parecían contentos, tarareaban, pero seguramente lo hacían por mí, para que tuviera un bonito recuerdo de esa noche. Debían de sentirse horriblemente mal, pues aquella podía ser su última noche juntos.
Por la noche, en la oscuridad, alguien me sacudió:
—¡Levántate, amigo, levanta!
Era mi padre, que a veces me llamaba amigo. Yo no tenía ganas de levantarme, en la habitación hacía un frío horroroso. Me castañeteaban los dientes, me temblaba todo el cuerpo. Me vestí, salí y en la habitación de al lado mi madre me dio el abrigo y un gorro. Pasaba algo, pero yo no tenía ni idea de qué era. Mi madre me dijo:
—Papá te espera en el patio.
Bajé las escaleras y allí estaba mi padre sujetando un hacha y un paquete de sacos. Me dio miedo. Me hizo un gesto con la cabeza. Caminé tras él por la nieve endurecida, que crujía bajo nuestros pies y sonaba chac, chac. Sin decir palabra, papá se encaminó al estanque. Aquel estanque suyo apareció detrás de los álamos, como salido de un cuento, totalmente helado bajo la luz de la luna. Silencio por doquier, un silencio desmedido.
Ante la casa de los Hudeček, mi padre empezó a picar el hielo. Se adentró algo en el estanque, el hielo bajo su hacha sonaba como un órgano de la iglesia. Luego se giró hacia mí:
—Las carpas se ahogan. No les han abierto agujeros.
Separó las piernas y golpeó el hielo. El golpe retumbó en la noche y yo me estremecí.
—¡Lo haremos aquí! —dijo.
De pie, abatía el hacha contra el hielo. Una llovizna helada le salpicaba la ropa y la cara. Recortó un cuadrado de hielo y lo sacó del agua. Se volvió hacia mí:
—Debemos esperar, amigo. Aparecerán en unos minutos.
Miré como hechizado al agua transparente, donde se dibujaba cada recodo del fondo, cada guijarro. El agua se agitó, insuflada por burbujas de vida; aquel cuadrado de agua se había convertido en un manantial para carpas errantes.
Mi padre lo entendía, y de repente una sombra oscura y ovoide pasó nadando por debajo de nosotros. Volvió. Una carpa. ¡Y qué carpa! Asomó su hocico redondo y tomó aire de la superficie. Después llegó otra. Parecían embriagadas, no les importaba lo más mínimo que estuviéramos allí, mirándolas. En cuestión de segundos, la superficie se llenó de carpas, y no dejaban de llegar más. En ese momento algo profundo y desconocido se apoderó de mi padre. Se arrodilló en el hielo, se arremangó y empezó a acariciar a las carpas en la cabeza y en el lomo y a arrullarlas.
—Mis carpitas. Carpitas —murmuraba.
Jugaba con ellas y estas se deslizaban entre sus manos como si fueran hijas suyas, doradas y plateadas bajo la luz de la luna. Brillaban como santas, nunca he vuelto a ver carpas como aquellas. Les daba vueltas entre sus brazos, las levantaba y las soltaba, mientras tarareaba algo para sí mismo.
Luego se puso en pie y la luna le iluminó la cara, con aquella expresión de satisfacción. Se acercó a los sacos y de entre ellos sacó un salabre escondido. Cogió un saco, se acercó al agujero y recogió la primera carpa. Solo entonces lo entendí y sentí auténtico pánico. Le tiré de la manga:
—Papá, vámonos. Si nos atrapan nos matarán.
Me dirigió una mirada ausente, y hoy sé que entonces le habría dado igual que lo atraparan y lo mataran a golpes allí mismo. No podía marcharse y dejar sus carpas a los alemanes.
Ya no las acariciaba. Las metió en los sacos, nos las llevamos a casa y mi madre las puso donde pudo. La casa se llenó de agua de arriba abajo. Las carpas nadaban en cubos, en la bañera, en tinas, en los viejos abrevaderos de la caballeriza.
Al amanecer, cuando la luna ya había dejado de brillar y la helada arreciaba, nos quedamos congelados hasta los huesos, y como habíamos cargado con sacos mojados, mi madre nos tuvo que raspar el hielo de la espalda. Pero el estanque ya estaba vacío, porque las carpas se habían mudado a casa de su dueño. Mi padre había robado sus propias carpas.
Por la mañana, acompañamos a papá al autobús de Praga. Llevaba una pequeña maleta y por primera vez tenía los hombros caídos. Pero a mis ojos esa noche había crecido enormemente.
El mismo día, mi madre y yo empezamos a cambiar las carpas por comida con los vendedores y campesinos. Esas navidades, las carpas me abrieron los portones y las puertas de las fortalezas más inaccesibles. Tan pronto enseñaba a las rechonchas criaturas de la bolsa, las señoras daban gritos de júbilo; y así mi fría habitación se llenó de manteca, salchichón ahumado, harina, hogazas de pan blanco, azúcar y paquetes de cigarrillos. También me invitaron varias veces a sentarme a la mesa con un café con leche y una trenza de Navidad. Además, ya no tenía que esperar mucho tiempo a que me dejaran entrar, sino que era bienvenido como un rey a quien las carpas le abrían todas las puertas. Sin duda, aquellas Navidades fueron las más espléndidas de la guerra.
Al año siguiente fueron a pescar con redes en el estanque de abajo de Buštěhrad. Entre los pescadores revoloteaban uniformes de la Wehrmacht; el ejército alemán había decidido decomisar las carpas.
Yo estaba en el dique, con los demás niños, esperando a ver cómo acababa.
Comenzó como una gran celebración. En el dique había una charanga tocando y todos se las prometían felices. Pero resultó que no había nada en el estanque, y nadie se lo explicaba. Entonces pensé que, en realidad, aquella música sonaba solo en honor de mi padre, que con su estrella de David en el abrigo había dejado a los alemanes con un palmo de narices.
(en «Carpas para la Wehrmacht»)

Fotograma de la película «Smrt krásných srnců» (La muerte de los hermosos corzos)
Tłum. Mirosław Śmigielski
Karpie dla Wehrmachtu
Wiedzieliśmy, że on wciąż chodzi nad swój staw i do swoich karpi. Chociaż mieliśmy mało chleba, tata wciąż karmił nim ryby i chyba wierzył, że podczas wojny nikt mu ich nie wyłowi i karpie doczekają szczęśliwego końca. Chodził nad staw w dzień i w nocy, był nim wręcz opętany. Pewnego razu stanął na grobli między topolami i zamarł. Na mulistym brzegu stali czterej faceci w czyściutkich zielonych mundurach, z wędkami w rękach. Zahipnotyzowany tym widokiem tata zbliżał się do nich krok po kroku, jakby chciał spytać, na cóż to sobie pozwalają nad jego stawem. Kiedy pierwszy z nich, szczupły, w wysokich butach jeździeckich, obrócił się ku niemu, tata ujrzał trupią czaszkę esesmanów i roześmianą twarz.
– A ty tu czego, Żydzie? Karpia ci się zachciewa?
Tata milczał, a trupia czaszka rozkazała:
– To chodź i go sobie weź.
Oficer wyjął karpia z wiadra i rzucił go w błoto między siebie a tatę. Karp się zapadał, skazany na pewną śmierć. Wszystkie cztery trupie czaszki się roześmiały. Potem jedna z nich przestała się śmiać i wykrzyknęła:
– Spieprzaj, Żydzie!
Mój tata się obrócił i ruszył tak samo wyprostowany jak zawsze, nigdy się nikogo nie bał i nawet Niemcy nie nauczyli go jeszcze czołgania się. Okupacja wszędzie była zła, ale w Busztiehradzie chyba odrobinę gorsza. Zagłada Lidic poruszyła cały świat. Ale Busztiehrad, mój tata, mama, bracia i ja, my widzieliśmy, jak Lidice płoną, my słyszeliśmy zza góry, jak Lidice krzyczą, chodziłem z Przygodą do szkoły, a nagle jego miejsce w ławce było rozpaczliwie puste, grywaliśmy tam w piłkę nożną, tata miał tam kolegów, Niemcy wpadali do nas na rewizje z nasadzonymi bagnetami. A mama, drobniutka, jasnowłosa, musiała potem chodzić pracować na lidickie pola i często wracała zapłakana, bo na grobach wyrastała z krwi i ciał wysoka, gęsta trawa. My nigdy nie zapomnimy o zagładzie Lidic, wgryzła się w nasze serca jak kleszcz, który zamiast szczękoczułków i nóżek ma czarną swastykę.
Tata się wtedy załamał, w jego oczach pojawił się ten przeklęty smutek, noszony przez naród żydowski od wieków.
I przestał chodzić nad staw, już nie wierzył, że kiedyś odzyska karpie.
(…)
Potem urządziliśmy przyśpieszoną Wigilię, bo rano tata miał wyjechać. Na choince płonęły świeczki, folia cynowa mieniła się srebrzyście, a pokój pachniał lasem. Tata w sobie tylko znany sposób zdobył gdzieś dla mnie stare buty z łyżwami, bo kiedyś marzył o tym, że zostanę słynnym hokeistą. Natomiast ja załatwiłem mu od chłopaków ze szkoły dwie szkatułki papierosów na drogę do obozu. Mama z tatą wyglądali na wesołych, podśpiewywali sobie, ale robili to raczej ze względu na mnie – żeby z tego wieczoru zostały mi miłe wspomnienia. Na pewno czuli się fatalnie. Przecież to mógł być ostatni ich wspólny wieczór w całym życiu.
W nocy ktoś zaczął mną potrząsać w ciemności.
– Wstawaj, kolego, wstawaj.
Potrząsał mną tata, czasem mówił do mnie „kolego». Nie chciało mi się wychodzić spod kołdry, w pokoju było strasznie zimno. Szczękałem zębami, cały dygotałem. Ubrałem się, w sąsiedniej izbie stała mama, włożyła mi płaszcz zimowy i czapkę. Coś się działo, a ja nie miałem pojęcia co. Mama powiedziała:
– Tata czeka na ciebie na podwórzu.
Zszedłem po schodach, tata tam stał, a w ręce trzymał siekierę i worki. Obleciał mnie strach. Tata skinął na mnie głową. Kroczyłem za nim po stwardniałym śniegu, pękał nam pod nogami, trach-trach. Tata milczał i szedł w stronę stawu. Za topolami wyłonił się ten jego staw, wyglądał bajkowo, cały zamarznięty, a nad nim świecący księżyc. I wszędzie cisza. Niczym niezmącona cisza.
Tata zaczął opukiwać lód. Był coraz dalej od brzegu, lód pod jego siekierą brzmiał jak organy kościelne. Potem obrócił się do mnie.
– Karpie się duszą. Nie zrobili im przerębla.
Stanął w rozkroku i uderzył w taflę. Ten dźwięk wypełnił noc, a ja zadrżałem.
– Zrobimy ją tutaj! – zdecydował.
Stał i rąbał, a lodowa fontanna obsypywała jego ubranie i twarz. Wyrąbał kwadrat i wyciągnął go z wody. Spojrzał na mnie.
– Musimy poczekać, kolego. Za kilka minut przypłyną.
Jak zaczarowany wpatrywałem się w przejrzystą wodę, pod którą widziałem każdą nierówność dna i każdy kamyk. Woda drżała i wnikały w nią z powietrza życiodajne bąbelki, ten kwadrat wyglądał jak studzienka dla karpi-wędrowców.
Tata znał się na rzeczy. Nagle w kryształowej wodzie pojawił się ciemny, owalny cień i przepłynął między nami. Potem powrócił. Karp. I to jaki! Wystawił z wody okrągły pyszczek i chwytał powietrze tuż pod powierzchnią. Potem przypłynął kolejny. Zachowywały się jak odurzone, wcale im nie przeszkadzało, że tam stoimy i je obserwujemy. Po kilku sekundach przerębel się nimi wypełnił i wciąż nadpływały następne. Wtedy tatę ogarnęło coś głębokiego, nieznanego, uklęknął na lodzie, podwinął rękawy i zaczął głaskać ryby po głowach i grzbietach, pieścił je i mamrotał:
– Karpiki moje. Karpiki.
Bawił się z nimi, a one przypływały do jego dłoni jak dzieci, w blasku księżyca złote i srebrne, lśniły jak święte, nigdy później nie widziałem już takich karpi. Tata przesuwał je rękami, podnosił i wpuszczał z powrotem, wciąż coś przy tym pomrukując.
Potem wstał, księżyc świecił mu prosto w twarz, a tata miał taką zadowoloną minę. Podszedł do worków i wyciągnął schowany podbierak. Wziął jeden worek, ruszył w stronę przerębla i wyłowił pierwszego karpia. Dopiero teraz wszystko zrozumiałem i ogarnęło mnie jeszcze większe przerażenie. Pociągnąłem tatę za rękaw.
– Tato, chodź już. Jak nas złapią, to zabiją.
Spojrzał na mnie nieprzytomnym wzrokiem, a dziś wiem, że gdyby go wtedy złapali i zabili tam na miejscu, byłoby mu to całkowicie obojętne. Nie mógł odejść i zostawić Niemcom swoich karpi.
Już nie pieścił się z rybami. Wkładał je do worków, nosiliśmy je do domu, a mama rozkładała je do różnych naczyń. Nasz dom od piwnicy po strych wypełniał się wodą. Karpie pływały w wiadrach, w wannie, w kadziach, w starych końskich korytach w stajni.
Nad ranem, kiedy księżyc już przestawał świecić, a mróz narastał, byliśmy przemarznięci do szpiku kości, a mama zdrapywała nam z pleców lód od mokrych worków. Ale staw opróżniliśmy, karpie przeprowadziły się do swojego właściciela. Tak właściwie to tata ukradł własne karpie.
Rano odprowadziliśmy tatę na autobus do Pragi. W ręce trzymał walizeczkę i po raz pierwszy zwiesił ramiona. Lecz w moich oczach bardzo urósł tej nocy.
Jeszcze tego samego dnia ja i mama zaczęliśmy wymieniać ze sprzedawcami i z rolnikami nasze ryby na inne jedzenie. Przed Bożym Narodzeniem karpie otwierały mi bramy i wrota nawet tych najpilniej strzeżonych twierdz. Kiedy otwierałem torbę i pokazywałem olbrzymie, brzuchate okazy, gospodynie piszczały z zachwytu, a mój zimny pokoik wypełniał się smalcem, wędzonym mięsem, mąką, bochnami białego chleba, cukrem i paczkami papierosów. Kilkakrotnie zostałem też zaproszony do stołu, na którym stała biała kawa i świąteczna chałka, już nie czekałem długo przed bramą, tylko witano mnie jak króla, któremu karpie utorowały drogę do wielkiego świata. To było moje najobfitsze wojenne Boże Narodzenie.
A w kolejnym roku zorganizowano wyłów tego dolnego busztiehradzkiego stawu. Wśród rybaków pojawiały się mundury Wehrmachtu, karpie miały zostać zarekwirowane przez niemieckie siły zbrojne.
Stałem z innymi chłopakami na grobli i czekałem, co z tego wyniknie.
Na początku było bardzo hucznie, na grobli grała amatorska orkiestra dęta i wszystko wyglądało niezwykle obiecująco. Ale staw okazał się pusty i nikt nie potrafił sobie tego wytłumaczyć. A ja wówczas pomyślałem, że ta muzyka tak właściwie gra tylko na cześć mojego taty, który z gwiazdą Dawida na płaszczu przechytrzył Niemców.
(w «Śmierć pięknych saren»)











