László Krasznahorkai

1954, Hungría

Trad. Adan Kovacsics

Melancolía de la resistencia

Y en el instante siguiente —susurró Valuska con voz ahogada por la emoción, mientras paseaba la mirada entre el cochero, el cargador y el pintor, los tres puestos en línea—… supongamos que es la una del mediodía… y de golpe nos convertimos en testigos de un vuelco dramático… Porque… en cuestión de minutos… inesperadamente… se enfría el aire alrededor… ¿lo sienten?… se cubre el cielo… y luego… ¡todo se oscurece! ¡Los perros guardianes aúllan! ¡La liebre se agazapa asustada! ¡La manada de ciervos huye aterrada! Y en este horripilante e incomprensible crepúsculo… hasta los pájaros (“¡Los pájaros!, gritó Valuska y levantó las manos, animado por la consternación, de tal modo que los amplios faldones de su abrigo de cartero se desplegaron como las alas de un murciélago)… hasta los pájaros se confunden y vuelan a sus nidos… Y se hace… el silencio. Y… todo lo viviente enmudece. Y… se nos atasca la palabra en la garganta… ¿Se pondrán las montañas en movimiento? ¿Se precipitará sobre nosotros… el cielo? ¿Se abrirá la tierra bajo nuestros pies? No lo sabemos. Se ha producido el eclipse solar total”. Estas últimas frases, aunque pronunciadas como las anteriores en el orden de siempre y con la misma inspiración profética de los últimos años, y sin apartarse ni un ápice del tono de voz acostumbrado (de modo que, de hecho, no podían provocar ninguna sorpresa), estas palabras de una fuerza particular, así como la forma en que los miró después de pronunciarlas, agotado y despeinado, arreglándose la correa del bolso de cartero que no cesaba de resbalarle del hombro, todo esto tuvo un efecto imprevisible y desconcertante sobre los presentes, ya que durante medio minuto no se oyó ni un suspiro en la taberna atestada de parroquianos, y los clientes fijos, que sin duda habían vuelto en sí, pero que tornaban a sentirse turbados y por eso miraban a Valuska con expresión vacua, se detuvieron, por así decirlo, confusos, ante sus sentimientos, ansiosos de un final agradable, como si hubiera para ellos algo decididamente inquietante en el hecho de que, mientras el “loco de János” no podía volver a esta “aridez devoradora” porque nunca había dejado aquel “océano celestial”, ellos, peces del desierto vistos en el espejo de sus jarras talladas, jamás se hubieran movido de aquí». ¿Se había vuelto de golpe demasiado estrecha la taberna?

¿O era el mundo demasiado ancho?

En vano habían escuchado innumerables veces

estas palabras,

el campanilleo feroz

del «cielo que se oscurece»,

de la «tierra que se hunde»,

de los «pájaros que buscan su nido»,

¿volvía a mitigar algo en ellos,

de cuyo cosquilleo ardiente

no podían tomar conciencia hasta entonces?

Difícilmente. Antes bien, como suele decirse, «dejaron abierta la puerta» por un instante o simplemente no se percataron del final, precisamente por esperarlo. Sea como fuere, cuando el silencio que pesaba sobre el «Péfeffer» se alargó demasiado, todos recuperaron de pronto la conciencia, y así como quien cree volar por el mero hecho de observar las suaves ondulaciones del vuelo de un pájaro, se recobra al reencontrar de pronto sus pasos arraigados en la tierra, así un repentino despertar barrió, al ver el humo de los cigarrillos que flotaba con parsimonia, la lámpara de latón que se mecía sobre ellos, las jarras de vino que tenían agarradas y a Hagelmayer que se abotonaba el abrigo detrás de la barra, así barrió el despertar, pues, aquel sentimiento informe, borroso, fugaz e indefinible. En el bullicio que se armó mientras rodeaban con sarcásticas ovaciones y palmaditas en el hombro al pintor, que irradiaba orgullo, y a los dos confusos cuerpos celestes, que ya definitivamente no entendían nada de nada, Valuska recibió su vino y se quedó solo por un momento. Con torpes movimientos se apartó del montón de chaquetas de piel y abrigos enguatados agolpados junto a la barra, para retirarse a un rincón más aireado, y como ese día tampoco podía contar con los demás, él continuaba siendo el único que prorrogaba, como fiel y entusiasta observador, la pasmosa historia del encuentro de los tres cuerpos celestes, pues luego, recordando el espectáculo y regocijado por el bullicio, que tomaba por gritos de júbilo, seguía solo, en estado de éxtasis, el recorrido de la Luna que se alejaba poco a poco de la esfera ardiente del Sol… Porque quería ver y veía, en efecto, la luminosidad que retornaba a la Tierra, quería percibir y percibía, en efecto, el calor que la inundaba de nuevo, y quería vivir y vivía, en efecto, la profunda emoción que uno siente al comprobar que se ha liberado del peso terrible de la angustia provocada por una oscuridad aterradora, gélida, parecida a una condena. Sin embargo, no había nadie a quien pudiese comunicar todo esto, nadie con quien hablar siquiera, pues el público, fiel a su costumbre, ya no estaba interesado en la «cháchara vacía», consideraba concluida la conferencia con la aparición del crepúsculo espectral y asediaba al tabernero con el fin de conseguir un último vino con sifón. ¿El retorno de la luz? ¿El calor que inundaba? ¿Emoción y liberación? En ese momento, Hagelmayer intervino, coincidiendo sin querer con los pensamientos de Valuska, como si les hubiese seguido el hilo: después de servir la «ultimísima ronda», apagó la luz, les abrió la puerta y empezó a gritar con aparente indiferencia («¡Afuera, borrachuzos, afuera!») mientras pestañeaba soñoliento. Qué remedio, tuvieron que resignarse al final de aquel día, a la expulsión y a la libertad de marcharse adonde quisieran. Salieron, pues, sin decir palabra, y si bien la mayoría ya no mostró ningún interés por seguir allí fuera con la juerga, nunca faltaban algunos que —después de que Valuska se despidiera amablemente de sus queridos compañeros delante de la taberna (de los que era posible, claro está, porque alguno que otro, sobre todo los que habían estado durmiendo y habían sido despertados y echados, empezaron a vomitar enseguida junto a la pared, apenas expuestos al aire helado)— algunos que, como aquel día, seguían con la mirada la figura que se alejaba, como lo hicieran el día anterior y el otro y quién sabe cuántas veces en los años anteriores, mientras él, tras dejarlos junto a la taberna, se marchaba por las calles vacías, se alejaba a pasitos cortos, emocionado por la visión que aún quedaba en él, encorvado, inclinado hacia adelante, agachando la cabeza. Al principio se reían con disimulo, pero luego, cuando doblaba por la esquina de la torre del agua, soltaban una sana y sonora carcajada, por cuanto difícilmente encontraban otros motivos para reírse, sobre todo en los últimos tiempos, en que cocheros, cargadores, pintores de brocha gorda y panaderos, todos tenían la sensación de que «la vida se había parado», y él, Valuska «se prestaba gratis», como decían, y con su aspecto ridículo —sus ojos de cervatillo siempre iluminados, su nariz parecida por su color y sus dimensiones a una zanahoria, su inseparable bolso de cartero y el abrigo que le cubría el cuerpo enjuto y le llegaba hasta los tobillos—, con su aspecto, pues, impedía de extraña manera el aburrimiento y resultaba ser, por tanto, una fuente inagotable para los escasos momentos de buen humor. De hecho, los que se hallaban delante del «Péfeffer» no estaban del todo equivocados, puesto que Valuska tenía de verdad «asuntos urgentes por resolver». Tal como él mismo explicaba un tanto turbado cuando respondía a una pregunta planteada a sus espaldas a voz en grito y en tono burlón, «tenía que correr antes de acostarse», correr por el bosque de farolas que desde hacía unos días ya se apagaban a esta hora por inútiles, tenía que echar un vistazo a la ciudad helada en medio de aquel rígido silencio que iba desde el cementerio de San José hasta el cementerio de la Santísima Trinidad, tenía que pasar por las plazas muertas desde la ciénaga de Bardos hasta la estación de ferrocarril y tenía que bordear el hospital público, el palacio de los Tribunales (y la cárcel), así como, naturalmente, el castillo y el palacio de los Almássy, un edificio gigantesco, ruinoso, imposible de reparar y por eso mismo repintado cada diez años. Nadie sabía con exactitud para qué servía todo esto ni qué fin perseguía, y la nebulosa tampoco se disolvía cuando —a veces, como respuesta al insistente interrogatorio de algún ciudadano— Valuska señalaba poniéndose de pronto de todos los colores que, por desgracia, lo «impulsaba una misión interna y permanente». De hecho, solo se debía a que, como era incapaz de distinguir (ni estaba dispuesto a ello) entre el antiguo lavadero que le hacía de vivienda en el jardín del señor Harrer y las casas de los lugareños, entre la oficina de distribución de periódicos y el «Péfeffer», entre el centro postal de la Compañía de Ferrocarriles y las calles y pequeñas plazas, es decir, como era incapaz de establecer una diferencia sustancial e ineluctable entre su vida y la de los otros, él habitaba, en el sentido más estricto de la palabra, toda la ciudad: desde la carretera de Nagyvárad hasta la fábrica de leche en polvo. Por esto mismo tenía que recorrer día tras día toda la ciudad, como el propietario su finca, y, protegido por su fama de lunático —debido a su confianza absoluta que lo abarcaba todo y a su imaginación insaciable, acostumbrada a la «inmensa libertad del cosmos»—, iba y venía desde hacía treinta y cinco años de manera incansable y casi a ciegas, como si caminara por un minúsculo nido. Y como, de hecho, toda su vida era un único recorrido sin fin entre los escenarios habituales de sus días y noches, cuando decía «antes de acostarse» y «correr», se expresaba de un modo un tanto simplificado, puesto que se limitaba a dormir un par de horas antes del amanecer (vestido y, además, manteniéndose en una suerte de duermevela, de modo que difícilmente podía hablarse de un «acostarse» en el sentido tradicional de la palabra) y, en cuanto al correr, ya llevaba unos veinte años sin hacer otra cosa que corretear de aquí para allá por la ciudad, donde el cuarto del señor Eszter con sus cortinas echadas, la oficina, el centro postal, el Komló (desde donde llevaba el almuerzo para su amigo enfermo) y también la taberna situada detrás de la torre del agua eran más puntos de contacto que estaciones de su eterno correteo. Al mismo tiempo, sin embargo, este continuo trote —que, lógicamente, bastaba a los lugareños para considerarlo no como uno de los suyos, sino como una mancha característica en la imagen de la ciudad— no llevaba implícita una observación continua, preocupada y tenaz, y menos aún una inspección obsesiva, aunque, sea por una tendencia a la simplificación, sea por la presión de unos reflejos ancestrales, muchos sostenían esta opinión cuando se hablaba del tema. Lo cierto era que Valuska no «veía» la ciudad, acostumbrado como estaba a mirar únicamente el suelo a sus pies, ya que no podía contemplar siempre la mareante cúpula de la bóveda celeste. Con las botas muy andadas, el pesado abrigo de servicio, la gorra adornada con un escudo, el bolso de piel provisto de hebillas al costado, bolso que parecía formar parte de su cuerpo, la espalda encorvada y sus peculiares pasos anadeantes perfectamente identificables, trazaba sin parar círculos entre los edificios de su ciudad natal amenazados de ruina, pero ver, lo que se dice ver… solo veía el suelo, o sea, las rectas y curvas de las aceras, de los caminos asfaltados o pavimentados con adoquines y de los senderos de la periferia, casi intransitables para los otros debido a la basura pegada al hielo, y así como conocía mejor que nadie las subidas y bajadas, las grietas y los baches (con los ojos cerrados podía precisar dónde se encontraba, por el mero contacto de sus suelas), no tenía ni la menor idea de los minúsculos detalles de muros, verjas, portones y canalones que iban envejeciendo al mismo tiempo que él, por el simple hecho de que la imagen que tenía de ellos en su interior no admitía el más mínimo cambio, de suerte que solo era consciente de su esencia (es decir, de que existían), y otro tanto ocurría con el país, con las estaciones que se iban sucediendo y con las personas que vivían a su alrededor. Ya en sus primeros recuerdos —más o menos de la época en que enterraron a su padre— recorría estas mismas calles (una vez más, a grosso modo, pues al principio solo conocía la zona de la plaza Maróthy, que era la única a la que podía aventurarse un niño de seis años cuando salía de su casa paterna), y, a decir verdad, entre su yo de aquel entonces y su yo actual no solo no se abría ningún abismo, sino que ni siquiera mediaba una mínima línea fronteriza, puesto que desde que la viera por vez primera (¿cuando volvía del entierro tal vez?), siempre lo había cautivado una y la misma cosa: el cielo estrellado, las luces centelleantes en la inconmensurable lejanía. Creció, perdió peso, empezó su pelo a encanecer en las sienes, pero ni antes ni ahora le decían nada los socorridos criterios utilizados para orientarse aquí, como tampoco intentó cambiar el flujo indivisible del universo, del que él era parte (fugaz), por un sabio sentimiento de transitoriedad y, por tanto, de llegada. Sin ninguna emoción ni interés personal, reaccionaba con una incomprensión triste, en cierta medida, ante los sucesos humanos que poco a poco iban fluyendo a su alrededor, y todos sus esfuerzos por entender y penetrar en lo que realmente querían unos de otros sus «queridos amigos» resultaban inútiles, por cuanto su simple y asombrado saber, referido a una totalidad mayor, excluía a su ser de la facultad de orientarse en el mundo (para vergüenza imborrable de su madre y para disfrute de los lugareños) y lo incluía en la burbuja irrompible de un instante eterno, invulnerable y transparente. Andaba, callejeaba, correteaba «de manera incansable y casi a ciegas», llevando en el alma «la belleza incurable de su cosmos personal», como solía decir no sin cierta causticidad su gran amigo, y el cielo se mantenía desde hacía décadas idéntico arriba, y los recorridos de las aceras y senderos seguían casi inalterados bajo sus pies, y si alguna historia tenía su vida, esa solo podía consistir en la continua ampliación de los círculos de sus andanzas, en el hecho de que, partiendo de las inmediaciones de la plaza Maróthy, a sus treinta y cinco años se había apoderado de toda la ciudad, ya que, por lo demás, continuaba siendo de modo pasmoso el que fuera en su infancia, y lo mismo que de su destino podía decirse también de sus pensamientos: es decir, que no habían sufrido transformación esencial alguna, ya que el asombro —aunque dure dos veces treinta y cinco años— carece de historia. Al mismo tiempo, sin embargo, sería un error pensar (como creían, por ejemplo, los clientes del «Péfeffer» cuando hablaban a sus espaldas) que no se daba cuenta de lo que sucedía a su alrededor, que no tenía la menor idea de su fama de chiflado y, sobre todo, que no se percataba de la curiosidad generalizada, siempre acompañada de algún guiño, en medio de la cual había de vivir. Todo esto lo tenía muy claro, y cuando en la fonda o en la calle, en el Komló o en la oficina de distribución se despertaba de pronto de sus vuelos etéreos al oír que alguien le gritaba sonriendo («Oye, János, ¿qué? ¿Qué pasa en el cosmos?»), percibía en las honduras del tono burlón las huellas de cierta natural benevolencia, como si hubieran vuelto a descubrir que, de hecho, «no vivía en la Tierra»: y entonces se sonrojaba, bajaba la vista y balbuceaba algo con voz apagada de falsete. Pues él mismo admitía que, por mucho que lo cautivara esa gran maravilla, quizá ni siquiera mereciera la simple visión de la «regia calma del universo» y que, durante sus eternos arrobamientos (que solo tenían una excusa: tratar de compartir este su pequeño saber, como todo lo demás, con el señor Eszter, tan deprimido muchas veces, y con sus compañeros del «Péfeffer»), le espabilaban con justa razón, para recordarle que es preferible prestar atención a su propio y lamentable ser a su propia lastimosa inutilidad, antes que centrarla en la enigmática serenidad del orbe. No solo entendía la sentencia irrevocable del público, sino que incluso —lo cual no era ningún secreto— coincidía plenamente con él; en repetidas ocasiones declaraba ser un «verdadero loco»; que ni se le pasaba por la cabeza protestar contra la evidencia y saber muy bien hasta qué punto había de sentirse agradecido a la ciudad por «no encerrarlo allí donde debía» y por comprender que, a pesar de todos lo arrepentimientos, no fuese capaz de apartar la mirada de aquello que «Dios creara para los tiempos eternos». Eso sí, Valuska jamás revelaba la profundidad de su arrepentimiento y, de todos modos, nunca conseguía quitar de cielo sus tantas veces ridiculizados «ojos radiantes» esto, desde luego, no debía ni podía entenderse en sentido literal de la palabra, por cuanto la obra inmaculada «creada por Dios para toda la eternidad» estaba casi siempre cubierta —al menos en esa región protegida por los Cárpatos—, ora por una espesa bruma, ora por una niebla flemosa, ora por unas nubes infranqueables, de modo que él mismo solo vivía de los raquíticos recuerdos de unos veranos cada vez más breves, que transcurrían a una velocidad que los tornaba casi imperceptibles, cuando rememoraba felizmente —según la expresión como siempre inimitable del señor Eszter— «la fugaz visión del universo despejado», al tiempo que examinaba, bajo un cielo que enseguida había vuelto a taparse para todo un nuevo año, las irregularidades de los senderos y la orografía de las gruesas capas de basura. Lo que veía lo aplastaba por su grandiosidad y enseguida lo levantaba de nuevo, y si bien no sabía hablar de otra cosa, convencido de que «interesaba a todos», nunca estaba en posesión de las pocas palabras capaces de expresar de forma aproximativa aquello que veía. Cuando afirmaba no saber nada del universo, no le creían ni entendían lo que quería decir, pero Valuska en verdad no sabía nada del universo, pues su saber no era, de hecho, un saber. Le faltaba la capacidad de establecer nexos y comparaciones y le faltaba también, la obsesión nerviosa por explicarse, el hambre de medirse con el funcionamiento puro y radiante de las «mudas ruecas celestiales», y estaba, además, seguro de una cosa: del hecho de que él se relacionara con el todo no podía deducirse necesariamente que el todo se relacionara con él. Y cuando veía esto, y veía la tierra y la ciudad en que vivía, y ya que, según su experiencia, todos los hechos y sucesos, todos los movimientos e intenciones, se repetían sin cesar, él se movía entre sus compañeros con la convicción inconsciente de ser alguien incapaz de ver cambios donde no los hay y empeñado, por tanto, únicamente, en llevar a cabo sin parar lo que le ha sido encomendado, como una gota que se ha desprendido de su nube.

Fotogramas de la adaptación de Armonías de Werckmeister, dirigida por Béla Tarr y Ágnes Hranitzky. Recomiendo encarecidamente la lectura de este artículo de J. M. López.

Tłum. Elżbieta Sobolewska

Melancholia sprzeciwu

I za chwilę – szepnął Valuska głosem łamiącym się ze wzruszenia, przesunąwszy wzrok wzdłuż stojących rzędem woźnicy, ładowacza i malarza – powiedzmy, że teraz jest pierwsza w południe, będziemy świadkami dramatycznego zwrotu. Bo… nagle… w ciągu kilku minut… zrobi się zimno… czujecie?… Niebo się zachmurzy… i… zapadną ciemności! Psy zawyją w budach! Przycupnie przestraszony zając! Stado jeleni przerażone rzuci się do ucieczki! I w tych przerażających, niepojętych ciemnościach… nawet ptaki… (Ptaki! – zawołał Valuska i pokazując zdumienie, podniósł wysoko ramiona, a szerokie poły jego płaszcza uniosły się niczym skrzydła nietoperza) nawet ptaki przestraszone poukrywają się w gniazdach. I zapadnie cisza. I… zamilknie wszelkie stworzenie. I… my też nie będziemy umieli wydobyć głosu z gardła… Ruszą z posad góry? Runie… niebo? Ziemia zapadnie się pod stopami? Nie wiemy. Nastąpiło całkowite zaćmienie Słońca». Ostatnie zdanie, podobnie jak poprzednie, wypowiedział tym samym od lat, uduchowionym, profetycznym tonem, dokładnie, słowo po słowie, nie zmieniając nawet akcentu (tak żeby niczym nie zaskoczyć słuchaczy), i kiedy skończył tę opowieść emanującą niecodzienną siłą, potargany i zmęczony poprawił zsuwający się ciągle z ramienia pasek torby i rozejrzał się z radosnym uśmiechem na ustach, tak i tym razem jego pokaz wprawił obecnych w zakłopotanie, w gospodzie pełnej ludzi na blisko pół minuty zapadła cisza jak makiem zasiał, a niewątpliwie rozbawieni, choć niepewni przez chwilę stali bywalcy znów patrzyli na Valuskę tępym, pustym wzrokiem, jak gdyby obawiając się wyrazić swoje uczucia bez reszty, jak gdyby mimo wszystko wzbudzało ich niepokój, że „głupkowaty Janos» nie potrafi wrócić do „trawiącej suszy», bo nigdy nie opuścił „niebiańskiego oceanu», podczas gdy oni, pustynne ryby skąpane w blasku kufli z lanego szkła, nigdy się stąd nie ruszyli.

Czyżby na chwilę szynk stał się zbyt ciasny?

Albo świat stał się zbyt obszerny?

I chociaż tylekroć

słyszeli te słowa,

„tonące w ciemnościach niebo»

i „zapadająca się ziemia»

i „ptaki kryjące się w gniazdach»

ich szalone dzwonienie

jak gdyby nagle

obudziły w nich coś

o czym

dotychczas nawet nie mogli wiedzieć?

Chyba nie mogli, czy raczej, jak to się mówi, na króciutką chwilę „zapomnieli zamknąć drzwi», bądź też – właśnie na to czekając – mimo wszystko obejrzeli zakończenie, w każdym razie, kiedy cisza ciążąca nad Pefefferem trwała już zbyt długo, nagle wszyscy otrzeźwieli, i jak człowiek wpatrzony w szeroki łuk zataczany przez frunące ptaki, który sam chce poderwać się do lotu, lecz postawiwszy na ziemi pierwszy krok, nagle opamiętuje się, podobnie stało się z ich nieokreślonymi, nieukształtowanymi, mrocznymi i kruchymi uczuciami, które gdy tylko przypomnieli sobie o nieustępliwym Hagelmayerze, zapinającym za ladą płaszcz, powoli opadły na dym leniwie unoszący się z papierosów, na blaszany żyrandol kołyszący się nad ich głowami i na puste szklanki do wina dzierżone w dłoniach. Wśród hałasów i zgiełku, nie szczędząc drwin i pochwał, otoczyli kołem promieniejącego z dumy malarza i dwie zbite z tropu, niczego już nierozumiejące planety, poklepali ich po ramieniu, Valuska dostał swoje wino i nagle został sam. Niezdarnie odsunął się od tłoczących się jeden przy drugim kożuchów i fufajek, stanął w najodleglejszym kącie obok lady, a ponieważ na tamtych nie mógł liczyć, znów był jedyną osobą, która niczym wierny, zachwycony obserwator śledziła dalszy ciąg zapierającej dech historii spotkania trzech ciał niebieskich, by zamroczony radością przywołanego oczyma wyobraźni widoku oraz hałasem, w którym słyszał wiwaty, sam jak palec przyglądać się Księżycowi, powoli wyłaniającemu się z przeciwnej strony zza rozpalonej kuli Słońca. Chciał widzieć, więc widział, jak na Ziemię powraca jasność, chciał czuć, więc czuł znowu rozchodzące się ciepło, chciał przeżyć, więc przeżywał głębokie wzruszenie człowieka, który zrozumiał, że udało mu się wyzwolić ze strachu, jaki budziły w nim przerażające, zimne, złowieszcze ciemności, ale mówić o tym czy choćby porozmawiać nikt się nie kwapił, publiczność, jak zawsze, nie była ciekawa „próżnej gadki», gdy tylko zapadał złowieszczy zmierzch, uznawała przedstawienie za skończone i rozpychała się w kolejce po ostatniego szprycera. Powracające jasności? Rozchodzące się ciepło? Wzruszenie i wyzwolenie? Tu Hagelmayer, jak gdyby czytając w myślach Valuski, nie potrafił się powstrzymać, by niby niechcący się nie wtrącić: nalał „ostatni napitek», zgasił światło, otworzył drzwi i bez zbędnych ceregieli, sennie mrużąc oczy, zacząć wrzeszczeć: „Wynocha, pijusy, wynocha!» Nie mając wyboru, musieli pogodzić się z faktem, że to już koniec, że ich wyrzucił i że mogą sobie iść, dokąd ich oczy poniosą. W milczeniu ruszyli na ulicę, i choć stojąca przed drzwiami reszta nie zdradzała najmniejszej ochoty do zabawy, znalazło się jednak kilku, którzy – gdy Valuska przyjacielsko pożegnał się przed gospodą ze swoimi ukochanymi towarzyszami (z tymi, z którymi mógł, bo ci, których musiano obudzić, żeby się wynieśli, gdy tylko ich owiało lodowate powietrze, pobiegli pod ścianę wymiotować) – patrzyli, jak się oddala, tak samo jak wczoraj i jak przedwczoraj, i kto wie ile razy w ciągu minionych lat, gdy rozgorączkowany widokiem, jaki oglądał oczyma wyobraźni, zostawiał ich przy barze i charakterystycznie przygarbiony i pochylony, ze zwieszoną głową, małymi, szybkimi krokami („jak ktoś, komu się spieszy…») ruszał po wyludnionych uliczkach – śmieli się z niego w duchu, wreszcie gdy skręcał przy wieży ciśnień, wybuchali głośnym, zdrowym śmiechem, gdyż teraz, kiedy wszyscy bez wyjątku, woźnica, ładowacz, malarz i piekarz, poczuli, że „…życie się zatrzymało», nie mieli nikogo, z kogo mogliby żartować, a Valuska, jak powiadali, „był za darmo», jego zabawna powierzchowność – błyszczące, sarnie oczy, nos barwy i wielkości marchwi, nieodłączna torba na listy, mizerna postura i okropny, sięgający kostek płaszcz – dziwnym trafem jeszcze im się nie znudziła i, jak zawsze, stanowiła dla nich źródło niewyczerpanej radości. Stojący przed Pefefferem nie mylili się, Valuska istotnie „dokądś się spieszył». A kiedy zaczynali go wypytywać, zmieszany odpowiadał, że przed pójściem spać musi trochę się przebiec, bo od kilku dni o tej porze, koło ósmej, wyłączał się z życia, by w gęstwinie niepotrzebnych lamp rozejrzeć się po mieście zastygłym w martwej ciszy, przejść od cmentarza Świętego Józefa do cmentarza Świętej Trójcy, obejść wymarłe place od moczarów Bardossa aż do stacji kolejowej, okrążyć miejski szpital, Pałac Sprawiedliwości (i więzienie) i oczywiście potężne, walące się ruiny zamku i pałacu Almassych, których miasto nie zdołało odbudować, więc raz na dziesięć lat tylko byle jak je malowano. Właściwie nikt nie wiedział, po co to robił ani jaki ma w tym cel, mroku tajemnicy nie rozjaśniały nawet tłumaczenia Valuski, który – gdy pytający nie dawali za wygraną – czerwieniąc się, odpowiadał, że „niestety, gna mnie wewnętrzny przymus», choć oznaczało to tylko tyle, że nie potrafił (ani nie chciał) odróżnić starej kuchni w ogrodzie Harrera służącej mu za mieszkanie, od domów innych ludzi, Biura Kolportażu Gazet od Pefeffera, dworcowej Sortowni od ulic i malutkich zieleńców, nie dostrzegał głębokiej i zasadniczej różnicy pomiędzy życiem własnym a życiem innych, jego mieszkaniem było dosłownie całe miasto, od ulicy Nagyvarad do fabryki mleka w proszku, całe miasto – które, niczym gospodarz swoją ziemię, musiał obejść każdego dnia i w którym, chroniony sławą miejscowego półgłówka, z powodu swojej wielkiej ufności i nieposkromionej wyobraźni przywykłej do „wielkiej wolności kosmosu», niczym w maleńkim gniazdku, od trzydziestu kilku lat poruszał się niemal na pamięć. A że całe jego życie było jedną wielką, niekończącą się wędrówką pomiędzy intymnymi scenami jego dni i nocy, kiedy mówił, że przed „pójściem spać» „musi pobiegać», trochę sprawy upraszczał, gdyż, po pierwsze, spał tylko kilka godzin przed samym świtem (a i wtedy tylko drzemał w ubraniu, tak że nie można było o nim powiedzieć, by jak wszyscy „kładł się spać»), z drugiej zaś strony, jeśli idzie o jego dziwne bieganie – od dwudziestu lat nie robił nic innego, tylko w tę i z powrotem gnał przez miasto, przebiegając przed zasłoniętym firankami oknem pana Esztera, Biurem, Sortownią, hotelem Komló (skąd przynosił obiady dla chorego przyjaciela) czy wieżą ciśnień, ale nigdy nie były one celem jego niekończącej się gonitwy. Wszystko to – jego bezustanna wędrówka, która z natury rzeczy wystarczyła, by mieszkańcy nie uznawali go za swojego, lecz mówiąc oględnie, myśleli o nim jak o charakterystycznej, barwnej plamie swojego miasteczka – nie oznaczało, by stale go obserwowali z uporem i niepokojem czy maniacko pilnowali, jednak dla uproszczenia sprawy, a może z przyzwyczajenia to właśnie o nim mówili. Valuska bowiem w ogóle nie „widział» miasta, zawsze patrzył prosto pod nogi, skoro już nie mógł zawsze patrzeć na oszałamiającą kopułę nieba. W przydeptanych buciorach, w ciężkim służbowym płaszczu, w czapce z daszkiem ozdobionej godłem poczty i ze skórzaną torbą z zamkiem, niemal przyrośniętą do skóry, przygarbiony, swoim niezapomnianie charakterystycznym krokiem krążył bez końca między niszczejącymi domami rodzinnego miasteczka, ale widzieć – widział tylko ziemię, proste odcinki i zakręty chodników, wyasfaltowanych ulic, kocich łbów i zadeptanych ścieżek na peryferiach miasta, pełnych przymarzniętych śmieci, stanowiących dla innych przeszkodę nie do pokonania; nikt nie znał lepiej niż on biegnących w dół, spękanych i dziurawych uliczek, z zamkniętymi oczyma wyczuwał pod szurającymi stopami, w jakim jest miejscu, ale nic nie wiedział o drobniejszych szczegółach domów, ogrodzeń, bram i rynien, które starzały się wraz z nim, nic nie wiedział, a to dlatego, że obraz, jaki zachował w pamięci, nie zniósłby nawet najmniejszych zmian, a Valu- ska miał o tym taką samą wiedzę (mianowicie, że wszystko jest na swoim miejscu), jaką miał na temat swojego kraju, zlewających się ze sobą pór roku oraz żyjących wokół ludzi. Już we wczesnych wspomnieniach – mniej więcej z okresu, kiedy pochowano jego ojca – chodził po tych samych uliczkach (znów: tylko w pewnym sensie, gdyż na początku były to tylko najbliższe okolice placu Maróthyego, na które odważyło się zapuścić sześcioletnie dziecko), i szczerze mówiąc, Valuski z tamtych lat i obecnego Valuski nie tylko nie dzieliła przepaść, ale nawet lekko zarysowana granica, od tamtego czasu, kiedy po raz pierwszy ze zrozumieniem przyjrzał się rozgwieżdżonemu niebu, stał się niewolnikiem światełek błyskających w bezkresnych przestrzeniach. Wyrósł, wyszczuplał, włosy posiwiały mu na skroniach, ale podobnie jak wtedy, dziś też nic nie znaczyła dla niego ludzka skala, do dziś się nie nauczył jak w niepodzielnym biegu wszechświata, którego był częścią (mknącą tak samo jak inne), mądrze odnaleźć moment oddzielający przeszłość od przyszłości. Bez gniewu i współczucia, smutny i nic nierozumiejący, stał wśród powolnie toczących się ludzkich losów i mimo że bardzo starał się ogarnąć umysłem i sercem, o co chodzi „drogim przyjaciołom», jego rozum ogarniający całość wszechświata wykluczał go z kręgu ziemskiego pojmowania i (ku wielkiemu wstydowi matki i ogromnej radości mieszkańców) zamykał w wiecznej, nierozerwalnej bańce przezroczystej chwili. Szedł, kroczył, „niezmożony gnał na oślep», „z melancholijnym pięknem własnego kosmosu» w duszy – jak nie bez złośliwości mawiał jego wielki przyjaciel (i z tym samym od dziesiątków lat niebem ponad głową i z tą samą niemal niezmieniającą się ziemią pod stopami) i prawie niezmieniającymi się drogami chodników i ścieżyn, a jeśli w jego życiu działa się jakaś historia, była to historia coraz szerszych kręgów, jakie zataczał, począwszy od najbliższych okolic placu Ma- róthyego, aż wziął w posiadanie całe miasto, ale i tak w zadziwiający sposób nadal pozostał dzieckiem, i choć jego losie tego powiedzieć nie można, w jego rozumowaniu nie zaszły zasadnicze zmiany, a jego zachwyt – nawet gdyby trwał dwa razy dłużej – zawsze był ten sam. Błędem byłoby jednak twierdzić (a tak za jego plecami mówili bywalcy Pefeffera), że nie dostrzegał tego wszystkiego, co działo się wokół, że nie miał pojęcia, iż mają go za półgłówka, a zwłaszcza że nie zauważał złośliwych spojrzeń, pod których ostrzałem przyszło mu żyć. Ze wszystkiego doskonale zdawał sobie sprawę i kiedy w szynku, na ulicy, w Komló czy w Sortowni nagle przebudzony ze swej kosmicznej wędrówki głośnym śmiechem albo donośnym krzykiem („No, Janos, co tam w tym kosmosie?»), przyłapany na gorącym uczynku, że „nie stąpa po ziemi», w ich drwiącym głosie wyczuł ton pobłażania, wtedy zaczerwieniony spuszczał wzrok stłumionym, gardłowym głosem coś cicho dukał. Bo przecież wiedział – i już sama ta myśl wydawała mu się piękna – że podczas wiecznych ucieczek, które usprawiedliwiało jedynie to, iż odrobiną posiadanej wiedzy, tak jak wszystkim, dzielił się z przygnębionym panem Eszterem i towarzyszami z Peffefera, nie jest mu dane oglądać „królewskiego spokoju wszechświata» i z pewnością mu przypomną, iż lepiej by zrobił, gdyby zamiast oddawać się tajemnej radości wszechświata, zajął się swoją żałosną, beznadziejnie nikomu niepotrzebną osobą. Valuska nie tylko rozumiał nieodwołalny wyrok, ale – i nie robił z tego tajemnicy – całkowicie się z nim zgadzał, wielekroć powtarzając, że „jest prawdziwym wariatem», który nawet nie myśli, by protestować przeciw czemuś tak oczywistemu, i doskonale wie, jak dalece jest winien miastu wdzięczność, że „nie zamknęli go tam, gdzie jest jego miejsce», i że tolerują, iż mimo skruchy i najszczerszych chęci nie potrafi skończyć z wpatrywaniem się w to, co „Bóg stworzył, by trwało po wieczne czasy». Ile w tych jego najszczerszych chęciach było skruchy, tego Valuska nigdy nie wyjawił, w każdym razie swoich „błyszczących oczu», będących przedmiotem wiecznej drwiny, nie potrafił odwrócić od nieba: czego oczywiście nie należało i nie można rozumieć dosłownie, już choćby dlatego, że doskonałe dzieło, „stworzone przez Boga, by trwać po wieczne czasy» – tu, w dolinie otoczonej Karpatami – niemal zawsze zakrywała gęsta para, wilgotna mgła i nieprzeniknione chmury, a on żył marnymi wspomnieniami coraz krótszych, w okamgnieniu kończących się letnich miesięcy, by raz jeszcze – przytaczając niezastąpione wyrażonko pana Esztera – szczęśliwie przypomnieć sobie „ulotny widok klarownego wszechświata» i pod niebem, znów na kolejny rok zasnutym chmurami, studiować nierówną płaszczyznę chodników i grubą mapę przykrywających je śmieci. To, co widział, w swej doskonałości jednocześnie niszczyło go i budowało, i choć o niczym innym nie potrafił mówić, przekonany, że „to wszystkich interesuje», nie umiał znaleźć tych kilku słów, w których mógłby jasno wyrazić, co widzi. Kiedy twierdził, że nic nie wie o wszechświecie, nie wierzono mu i go nie rozumiano, co ma na myśli, a przecież Valuska naprawdę niczego o wszechświecie nie wiedział, gdyż jego wiedza w istocie rzeczy nie była wiedzą. Brakowało w niej punktów odniesienia i wewnętrznego imperatywu, zrozumienia, nie było tęsknoty za zmierzeniem się z istoty cudownych „bezgłośnych niebiańskich wrzecion», gdyż Valuska jednego był pewien: z faktu, że on odnosi się do wszystkiego, nie wynika, że to wszystko odnosi się do niego. I kiedy widział wszechświat, widział też ziemię, miasto, w którym mieszkał, a ponieważ czuł, że każda historia i każde wydarzenie, każdy gest i każdy zamiar są tylko powtórzeniem samych siebie, żył pośród nich z nieuświadomionym przekonaniem, że nie może dostrzec zmian tam, gdzie ich nie ma, toteż nie robił nic ponad to, że bezustannie wykonywał – niczym kropla deszczu, gdy spadając, odrywa się od chmury – to, co przypadło mu w udziale.

Deja un comentario